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Fonte: Agencia de Información Solidaria
www.infosolidaria.org


El proceso de elección del nuevo secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) evidencia una inesperada e histórica derrota para la diplomacia estadounidense. No por el hecho de quién fuera el elegido, en este caso el ex ministro de Interior chileno Miguel Ángel Insulza, sino por la serie de desencuentros, retiros y un procedimiento de votación inestable, que deja entrever muchas claves de la nueva configuración geopolítica en el continente americano y de sus relaciones con Washington.

Claves, intereses y pactos

Varias lecturas se extraen de esta inédita votación. En primer lugar, lo histórico de este procedimiento es que, por vez primera, pierde el candidato preferido por Washington. En segundo lugar, que la OEA debe necesariamente entrar en una fase de reestructuración, para reacomodar un lugar en el hemisferio que no siempre ha sido efectivo a la hora de solucionar crisis. Y, en tercer lugar, que los consensos vienen precedidos por una frenética actividad de alianzas y pactos políticos, en esta oportunidad más notorios que de costumbre.

La rocambolesca renuncia, por escándalos de corrupción en su país, del ex secretario general, el costarricense Miguel Ángel Rodríguez, el pasado mes de septiembre, ya evidenció la complejidad del asunto. Washington ensalzó inmediatamente como candidato al ex presidente salvadoreño, Francisco Flores, pero éste se retiró al no conseguir apoyos mínimos. Ya aquí se reflejó un hecho muy notorio: que, en la actual coyuntura, el tener apoyo estadounidense no es razón suficiente para tener apoyo regional.

Inmediatamente se definieron dos personajes, el canciller mexicano Eugenio Derbez y el chileno Insulza. Washington, amparado por los países centroamericanos, se apresuró en apoyar a Derbez, lo que provocó una alteración en las buenas relaciones entre mexicanos y chilenos. Pero la práctica totalidad de los suramericanos lo hicieron por Insulza. Si lo analizamos desde el punto de vista geopolítico, esta fractura la cortaba el itsmo de Panamá. Pero Derbez se retiró también, lo cual constituyó otra derrota para Bush. Y, de paso, se ahondó aún más la irritación diplomática entre Washington y Caracas, al apoyar el gobierno de Hugo Chávez al candidato chileno.

Aquí tenemos otra clave: la disputa política y diplomática entre Bush y Chávez, que venía manifestándose ante las acusaciones estadounidenses de carrera armamentística y exportación de la revolución bolivariana por parte de Chavez, se trasladó a la OEA y este escenario parece marcar buena parte de las relaciones entre Washington y América Latina.

Mientras la OEA votaba, la diplomacia de estos dos países se activaba con gran dinamismo: la secretaria de Estado, Condoleeza Rice, iniciaba una gira por Brasil, Chile y Colombia para lograr, sin éxito, un marco pragmático para contener a Chávez. Salvo el colombiano Uribe Vélez, la respuesta que Rice recibió de Lula da Silva y Ricardo Lagos fue, más que todo, una exigencia: la de una mayor moderación hacia Chávez.

Simultáneamente, el presidente venezolano suspendía la tradicional relación militar venezolana con EEUU, vigente durante 35 años, e iniciaba en La Habana un encuentro hemisférico para condenar el ALCA concebido por Washington, y aplicar el ALBA, la Alternativa Bolivariana para las Américas. Mientras, reforzaba el convenio petrolero y comercial con Cuba, estrechando aún más los lazos del eje cubano-venezolano.

En este acto participaron dirigentes que se espera conformen una nueva alternativa de izquierda popular y más radical, diferente de la pragmática vía empleada por Lula y Lagos. Estaban allí el nicaragüense Daniel Ortega, el salvadoreño del FMLN Shafik Handal y el boliviano Evo Morales. En La Habana, Fidel entronizó a Chávez como el líder hemisférico de esta alternativa en claro desafío a la hegemonía estadounidense.

Fracturas hemisféricas

Si hacemos caso de lo que declaró el presidente chileno Lagos, parecieran existir elementos, tanto en Washington como en Caracas, que alientan la confrontación entre ambos países, a tenor de la agresividad verbal entre funcionarios de ambos gobiernos en los últimos meses. Es posible que Lagos tenga razón y se ingrese en el terreno de la exageración al considerar que la clave de la nueva relación en el continente sea esta disputa entre el ALCA estadounidense y el ALBA de Chávez y Castro. En América Latina, la política estadounidense actual se traduce en tres vértices: ALCA, Plan Colombia y Brasil, con su prolongación en Mercosur. Pero es notorio que existe un clima de cierta ruptura con el gobierno venezolano, quien celebró la elección de Insulza como un triunfo propio y una derrota estadounidense. Cada vez más, la revolución bolivariana de Chávez y su posible expansión, constituye un dolor de cabeza para el gobierno de Bush.

¿Quiénes realmente ganan con la elección de Insulza? El principal beneficiado puede ser el sistema interamericano. La elección de un personaje considerado como moderado y con grandes dotes diplomáticas debe ser el punto de partida para el reforzamiento del papel de la OEA, muy criticado tras las recientes crisis en Haití y Venezuela.

La pertenencia socialista de Insulza reafirma también el viraje a la izquierda en el continente, sobretodo en América del Sur, al tiempo que se traduce en un apoyo a las opciones más pragmáticas encarnadas en Lula y Lagos. En este aspecto, Washington ya se apresuró a felicitar a Insulza y considerar que también obtuvieron una victoria.

Pero es evidente que la votación en la OEA reveló la pérdida de capacidad de maniobra estadounidense en la política latinoamericana, una ausencia de estrategia viable para la región (su diplomacia hacia Chávez así lo evidencia) y la mala imagen hemisférica del presidente Bush, no exenta de torpezas: Roger Noriega, delegado para política hemisférica norteamericano, confundió a Insulza con un “agente del gobierno venezolano”. Declaraciones aparte, la elección de la OEA mostró las fracturas hemisféricas, al menos de naturaleza geopolítica, entre la alternativa de libre comercio del ALCA y las fórmulas de integración más endógenas.

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