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Fonte: Agencia de Información Solidaria
www.infosolidaria.org


En el enésimo capítulo de una crisis interminable, el atribulado presidente Carlos Mesa finalmente presentó su renuncia ante un Congreso nacional dividido en un país que, según sus palabras, “se está desmoronando”. No le falta razón a Mesa, ante el complicado panorama que ofrece Bolivia: una constante presión popular que coloca a la sede del gobierno, La Paz, prácticamente bajo “estado de sitio”; una polémica Ley de Hidrocarburos que divide a la sociedad y el anuncio de dos regiones del país, Tarija y Santa Cruz, de aplicar dos referendo vinculantes en agosto para decidir la secesión territorial. Todo ello sin olvidar los rumores de golpe militar, tras el alzamiento de dos coroneles hace dos semanas.

El incesante devenir de los acontecimientos en Bolivia presagian la hora de un enfrentamiento aún mayor entre las fuerzas políticas, las organizaciones indigenistas y sindicales y las elites económicas, choque en el cual puede salir beneficiado el líder opositor, indígena y cocalero, Evo Morales.

Si bien ya se vaticinaba que Mesa no terminaría su mandato en el 2007, el escenario actual refuerza la tesis de la incertidumbre. La única certeza evidente tiene que ver con una crónica inestabilidad estatal para mantener el orden público y una mejor distribución de los ingresos. A la lucha por el control de los recursos de petróleo, gas natural y agua, se une el hecho de que el país más pobre de América del sur corre el riesgo de la secesión territorial, profundizando la brecha entre el occidente del altiplano, donde se encuentra la capital, y la sierra oriental en torno a la provincia de Santa Cruz y Tarija.

En todo este panorama, el único líder con capacidad de convocatoria popular y apoyos políticos de movimientos sociales y partidos anti-sistema es Evo Morales. Su participación y visión política resulta en este momento crucial para encontrar una alternativa que evite una profundización del caos. Del mismo modo, es evidente que posee fuerza política entre la población: su actuación fue decisiva en la caída del presidente Sánchez de Lozada en octubre de 2003, mientras su partido, el Movimiento al Socialismo, es la segunda fuerza parlamentaria y gana adeptos aceleradamente.

¡Sin embargo, su figura genera recelos entre las elites políticas y económicas e, incluso, en el ámbito regional, por sus supuestas conexiones que recibe del presidente venezolano Hugo Chávez. Además, una victoria de Morales potenciaría un impacto con dimensiones de expasión regional en el área andina, principalmente por el factor del indigenismo y su relación excluyente por parte del Estado y la sociedad.

Los aspectos geopolíticos

Las demandas de nacionalización de las industrias petrolera y gasífera, así como el control de la distribución de agua en la región de El Alto y la presión popular por decretar una Asamblea Constituyente que permita la reforma constitucional, podrían provocar una modificación en la polémica Ley de Hidrocarburos.

Pero la salida más visible, con Mesa fuera del escenario, será un adelanto de elecciones. Aquí Evo Morales parte con la aparente ventaja de no tener un rival aún definido, porque el descrédito de los partidos políticos tradicionales ha minado la posición del establishment. El pulso Mesa-Evo finalmente sería ganado por el líder cocalero.

En este aspecto, entra en juego también el panorama geopolítico regional. Los dos países que siguen con mayor interés los acontecimientos bolivianos son Brasil y Venezuela, cada uno buscando controlar sus respectivas áreas de influencia.

El gobierno de Lula da Silva utiliza un doble juego diplomático y energético en el cual tener influencia en el control de los recursos petroleros y gasíferos es crucial, de allí el lobby que realiza Petrobras en el Congreso boliviano con la ley de Hidrocarburos. En cuanto al juego diplomático, si Brasilia consigue una alternativa de solución política a la crisis boliviana, confirmaría su status de potencia regional suramericana.

La estatal petrolera brasileña posee actividades en Bolivia que representan el 20 por ciento del PIB boliviano. Otras multinacionales petroleras también participan en el reparto boliviano, como la española Repsol YPF y la franco-belga Total. Del mismo modo, Argentina también ve con interés el mercado energético boliviano. Todos ellos han amenazado con una reducción de inversiones en caso de que el Congreso no aprobara la polémica ley, con la consecuente merma de ingresos para la maltrecha economía boliviana.

La presencia venezolana gira en sentido diametralmente opuesto. Las constantes visitas de Evo Morales a Caracas para entrevistarse con el presidente Hugo Chávez y la sintonía entre ambos han levantado las sospechas, entre empresarios y líderes políticos bolivianos, de vinculación política directa, aunque no existan pruebas de financiamiento alguno. Constantemente, Morales hace referencia a los modelos de Fidel Castro y Hugo Chávez como el proyecto a seguir en Bolivia.

Chávez ve con interés la llegada de Evo Morales al poder porque confirmaría el giro radicalmente antineoliberal y anti-ALCA en la región, de allí que también utilizara la retórica, mediante ataques a la “oligarquía boliviana”, para afianzar la “opción Evo”. Del mismo modo, con Evo en el poder, se afianzaría la proyección internacional del movimiento bolivariano impulsado por Chávez, hecho que podría tener impacto en las vecinas Perú y Ecuador, países con agudas y similares crisis políticas.

Para Washington, un escenario de este calibre se orienta en contra de sus intereses, los cuales fueron muy directos en Bolivia durante el mandato del ex presidente Sánchez de Lozada. Un alto funcionario norteamericano advirtió sobre la posible amenaza a los intereses estadounidenses en la región andina, ante el marcado carácter “antiamericano” de los emergentes movimientos indígenas en los países andinos, y la eventual conformación de “guerrillas radicales” y el ascenso del populismo. En esta convulsión, ¿se desmorona Bolivia, tal y como lo presagia el hoy ex presidente Mesa?

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