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Colombia: Cronaca da Toribio

26 luglio 2005 - Gianantonio Sozzi (prefazione di Simone Bruno)

questo è il diario di un padre Italiano che come altri vive nelle
montagne del Cauca Colombiano insieme alle popolazioni Nasa.
Il progetto Nasa ha tanti punti di contatto con lo Zapatismo del Chapas
ma è meno noto internazionalmente.

in aprile la guerriglia che da sempre domina queste montagne ha deciso
di attaccare le forze di polizia nei villaggi di Toribio e Jambalo.
Le FARC fanno uso di bombole del gas sparate da distanze anche di 400m.
Nessuna ha colpito la stazione di polizia di Toribio ma si sono
abbattute sulle case vicine. Questa è una tattica appresa dall'IRA ma
poi perfezionata nel tempo.
L'esercito ha risposto inviando battaglioni di alta montagna e di
contra-guerrilla.
I villaggi sono ora militarizzati, nonostante le richieste del popolo
Nasa di essere lasciato fuori dal conflitto Colombiano.
La situazione al momento (sono appena rientrato a Bogotà) è calma, io
sono salito su fino al paramo (tipica vegetazione di alta montagna
andina) , al confine con la regione del Huila. Del resto questa è la
tattica, colpire e ritirarsi.
I guerriglieri incontrati sulla strada sembrano aver imparato a memoria
quello che mi hanno raccontato, ossia che la colpa è dell'esercito che
si nasconde tra i civili e che loro sono l'esercito del popolo.
I battaglioni di militari raccontano la loro verità, cioè che sono li
per proteggere gli indigeni...
Nessuno ascolta gli indigeni stessi che solo vorrebbero essere lasciati
in pace.
Il paesaggio sulle montagne del Cauca è incredibile, con colline dalle
rotondità Toscane decorate da palme di cera e i bellissimi colori dei
campi di mapola (tipo di papavero) che un tempo si usavano solo per
decorazione ma che ora producono l'ingrediente base dell' eroina. Un
paradiso naturale invaso dagli attori di una guerra civile interminabile.

Jueves 14 de abril de 2005
El día de la toma

No faltaban muchos minutos a las seis de la mañana cuando empezó la toma.
Yo estaba todavía en la cama pero el despertador ya había sonado y estaba a
punto de levantarme: tenía que dar los últimos retoques a un encuentro de
formación bíblica que el padre Ezio me había pedido para los delegados de
la Palabra, reunidos en el Cetepan para su periódico encuentro de
formación.
El tableteo de las ametralladora de los policías, apostados en trincheras
en varias partes del pueblo, era impresionante. El volumen de fuego
ciertamente era mayor del que había escuchado en otros hostigamientos de la
guerrilla a los que ya me había acostumbrado a pesar de llevar tan solo
cuatro meses residiendo en la parroquia. Normalmente la policía no suele
responder al fuego mientras no esté bien claro hacia donde disparar: en
este caso parecía que el ataque llegara desde distintos lados puesto que
todas las armas estaban sonando al unísono, cada una con su destemplada
tonalidad: alta y baja según el calibre de las balas.
Me asomé al patio de Cetepan para ver como estaban las caras de los
delegados de la Palabra que desde hacía más de una hora se habían
levantado. Los vi calmados: unos saliendo de la ducha y otros, con toda la
tranquilidad del caso, estaban lavando su ropa como si nada estuviese
sucediendo.
"Si los lugareños no están preocupados -pensé- simplemente se trata de un
hostigamiento más fuerte de aquellos que me han tocado en estos meses".
Regresé a mi pieza para lavarme y vestirme mientras que afuera el estruendo
de la guerra no parecía querer disminuir.
Cuando faltaban cerca de quince minutos a las siete me acordé de que en
medio de semejante batalla ciertamente las señoras de la cocina no habrían
podido llegar a su lugar de trabajo: había que pensar en el tinto y en el
desayuno de los catequistas. Me fui a la cocina y allí me encontré con
María Esperanza que, más práctica que yo, lo estaba ya preparando. "He
destapado varios paquetes de galletas saladas -me dijo- y los he puesto
allí en el comedor. Hoy el desayuno será un poco liviano, pero no podemos
ofrecer de momento nada más que esto, no llegó el pan ni la leche que traen
a diario desde el Cecidic".
En ese momento se acerca José Antonio; con toda su tranquilidad india y su
mucha experiencia vivida en tantas refriegas armadas, me trae el primer
reporte militar: "Padre, están disparando desde todos lados, creo que la
guerrilla o ya está en el pueblo o ciertamente está muy cerca de él. Este
va a ser un hostigamiento en condiciones, es posible que dure toda la
mañana. Para nuestro encuentro no podremos utilizar los salones del Cetepan
que están en el piso superior de la casa, demasiado peligroso".
Nos ponemos a escuchar los ruidos que nos vienen de la calle. En medio de
todo el estruendo, entre un disparo y otro, alcanzo a oír las órdenes que
desde una trinchera y otra los policía se trasmiten: "están arriba en la
cruz, allá arriba en la cruz". Luego la voz de una mujer gritando, en
repetidas ocasiones, "respeten a la población civil, respeten a la
población civil". "Esta creo que es Clara Cerón", me dijo José Antonio.
Salgo al patio del Cetepan y allí me encuentro con el padre Ezio con su
inseparable shigra al hombro. "Qué hacemos -le digo- es casi la hora de la
oración, ¿nos vamos a la capilla?". Decidimos que nos fuéramos a la
capilla, en situaciones como estas hay que rezar y además la capilla del
santísimo, conocida con el nombre de "Roattina", es uno de los lugares más
seguros de la casa. Cuando ya estábamos reunidos allá con los delegados de
la Palabra empezamos a oír las primeras explosiones lejanas. Mientras
pensaba que la policía estaba empezando a responder al fuego con granadas
cayó la primera pipeta. El estruendo fue terrible y la ola expansiva de la
explosión fue aún peor: los cristales del templo volaron en mil pedazos y
en la sacristía se oían los gritos de María Esperanza que habíamos dejado
en la cocina preparando el desayuno para los delegados de la Palabra.
Salimos para ver si es que estaba herida por alguna esquirla pero nos
tranquilizamos al ver que solo eran consecuencia del susto. Lo que había
pasado con los cristales de la iglesia se veía en toda la casa: todo estaba
cubierto de vidrios rotos, algunos tumbados de la vieja casa de las
hermanas se habían caído; en la cocina el desayuno ya parco estaba
irremediablemente dañado y cubierto de tierra; en el Cetepan algunos neones
colgaban en medio del pasillo malamente enganchados a las tiras de maderas
que se habían parcialmente desprendido del techo; muchas puertas se habían
abierto de par en par. Otros daños evidentes no se lograban ver.
Decidimos regresar a la "roattina" y allí nos alcanzó la segunda pipeta.
Fue mucho más violenta de la primera. La explosión apagó las luces, la
tierra se estremeció como si se tratara de un temblor, y escuchamos muy
próximo a nosotros el ruido de un derrumbe prolongado.
Salimos de la capilla. Desde las ventanas de la iglesia, sin cristales, me
pude asomar al patio de la Casa cural: todo era una ruina. La puerta de la
pieza del padre Ezio estaba abierta: en lugar de la pared del fondo un
amplísimo boquete me permitía divisar el cielo ligeramente nublado de esa
mañana. La casa que supuestamente tenía que estar allí ya no existía.
Todos nos dirigimos al Cetepan para tratar de ampararnos debajo de las
planchas de hormigón que sostienen el segundo piso. También la puerta de la
calle se había abierto y por allí fueron llegando algunos vecinos buscando
un techo más sólido del que ofrecía su propia vivienda. Se unieron también
los jóvenes del movimiento juvenil. En el lugar en los que cayó la bomba de
la guerrilla, unos cinco metros antes de nuestra cerca, en el patio de la
casa lindante, se prendió un incendio cuyas llamas subían altas y
pavorosas. Sacamos a toda prisa la gasolina que estaba en nuestro deposito,
peligrosamente cercano al lugar de la explosión y de la llamas, y con la
preciosa colaboración de los jóvenes del movimiento, tratamos de atajar el
incendio con los baldes que estaban en el lavadero de la parroquia. Una
señora anciana, que no quería abandonar su casa, o lo que quedaba de ella,
la tuvieron que sacar en vilo de en medio de los escombros y la entraron en
la parroquia pasándola por el hueco de la pieza del padre Ezio. Otra
familia llegó por un boquete que ellos mismos habían abierto en la pared de
su casa colindante con el patio posterior de la nuestra. Hace menos de tres
años habían hecho exactamente lo mismo y la casa en la que estaban
viviendo, se la habían entregado hace tan solo tres meses en reparación de
la anterior que perdieron en la toma de 2002. Las niñas tenían el terror en
los ojos, la mamá era una máscara de desesperación.
A este punto llega la noticia, traída no sé por quien, de que la guerrilla
había decretado un cese al fuego de 20 minutos para permitir que la
población civil saliera del pueblo. Me fui a la pieza y solo se me ocurrió
agarrar los fármacos de la diabetes necesarios para algunos días, la
cartera con los documentos y la plata que había en ese momento... y, como
que me la encontré al lado de los fármacos, también la cámara digital. El
padre Ezio se llevó la eucaristía que nos acompañó a lo largo de este día.
Salí junto con un segundo grupo de personas amparados por una sábana
blanca. Otros moradores del pueblo estaban haciendo lo mismo. Yo me
imaginaba que cese al fuego significaba total quietud de las armas... en
este caso más bien se trataba de relativa, muy relativa quietud. Sin
embargo, gracias a Dios, nadie salió herido de las personas, bastantes, que
conformaban el grupo en el que me iba. Cogimos despedidos el camino que
lleva a San Francisco con la intención de detenernos sólo cuando llegáramos
al Cecidic. Sin embargo, al alcanzar la calle que sube al Barrio Coronado,
vimos que desde arriba mucha gente nos hacía señas de que fuéramos para
allá. Allí estaba congregada buena parte de la población civil que había
logrado huir de sus casas. Estaban también las autoridades del pueblo que
nos explicaban que ya se habían comunicado con la policía y con los jefes
guerrilleros para que respetaran esa zona de refugio de la población civil.
Que ahí estábamos a salvo y lo bastante próximo al pueblo para evitar los
probables saqueos con los que se habían terminado otras tomas anteriores.
En ese momento no había reportes de heridos sin embargo la ambulancia de la
misión médica del hospital se llevó a una señora que había tenido un ataque
de epilepsia. Se trató de alejar de allí, con pocos resultados, un
guerrillero que estaba en una esquina próxima al lugar en el que estábamos
todos congregados y por la calle de abajo ya vimos a varios de ellos
transitar con las pipas al hombro: cilindros de gas a los que le habían
aplicado unas aletas en la parte posterior y un cono en la parte anterior.
Cuando era una sola persona que cargaba con el artefacto se notaba la
fatiga con que se movía con ese aparato en el hombro. Ahí sí me di cuenta
de lo que había caído en las proximidades de nuestra casa.
Todos los allí presentes llevaban camisetas blancas, yo tenía pantalón
verde y una camiseta azul oscuro. Le pregunté a Marta, que había aparecido
arrastrando sus dos hijos menores, si así vestido tenía pinta de
guerrillero o militar. "No padre, me dijo ella para tranquilizar, se ve
clarito que usted es el padre". Me quedé con la dura si igual de clarito me
hubieran reconocido desde los helicópteros artillados que empezaron a
sobrevolar, desde mucha altura, el lugar de los enfrentamientos.
Invitaron a todos los presentes para que entraran en la casa del ex alcalde
Gabriel Paví, cubriéndose de lo que pudiera llegar. Muchos obedecimos,
otros se quedaron allí. Dos cuadras más allá la guerrilla había montado uno
de los lugares desde donde se lanzaban pipas hacia el puesto de policía.
(Otro estaba por el lado del cementerio y otro más en el patio de la
escuela primaria que quedó muy averiada además de saqueada).
En el interior, con los que quisieron acompañar, el padre Ezio organizó el
rezo de un rosario. Muchas personas se recogieron en oración mientras
afuera la guerra seguía sin tregua. En ese tiempo una pipeta, lanzada por
el lado del cementerio y totalmente descaminada con respecto a su objetivo,
explotó una tres cuadras detrás de nosotros, muy próxima a la otra rampa
desde donde los guerrillero estaban lanzando. No conocemos las bajas de la
guerrilla, ellos siempre se llevan a sus muertos y a los heridos graves
dice la gente de aquí que los rematan, pero testigos han visto por lo menos
unos seis o siete guerrilleros evacuados por el camino de Tacueyó. En San
Francisco también ocuparon el puesto de salud pero allá llegaron solo los
primeros heridos civiles que eran evacuados desde el pueblo de Toribío.
Acababa de terminar el rezo del rosario cuando una explosión seca y
violenta sacudió la casa: probablemente se trataba de una granada del
ejército disparada, suponemos, desde el puesto de policía pero caída a tan
solo 10 metros de la casa en la que nos encontrábamos. Produjo bastantes
heridos, algunos de gravedad que en improvisadas camillas fueron evacuados
hacia el hospital en un par de carros con expuesta la bandera blanca. Vi
una señora sangrando abundantemente y desmayarse, una gran cantidad de
gente con heridas leves productos de las esquirlas que los habían
alcanzado. En ese momento se decidió abandonar ese lugar "seguro" para
tomar el camino del Cecidic. Sin bajar a hacia la carretera saltamos por
encima de una alambrada y nos metimos por el monte. Bajamos hacia una
quebrada que corre ahí abajo, la superamos y salimos al otro lado, pasando
por una loma desde la cual se podía divisar una buena panorámica del
pueblo: en el fondo había una densa columna de humo y polvo que se
levantaba. Nos sugirieron de que no alejáramos rápidamente de allí ya que
estábamos en un lugar en el que fácilmente podíamos ser alcanzados por
eventuales balas perdidas.
Salimos campo a través al barrio El Paraíso. Allí nos encontramos con mucha
otra gente que con banderas blancas se estaba congregando. También subían
por allí a la carrera algunos guerrilleros fuertemente armados. Varias
personas les hicieron reclamos y los insultaron pero ellos ni siquiera se
voltearon a mirar. Abajo, en el pueblo, los golpes de las explosiones se
hacían más intensos. Nos llegó la noticia, que al final resultó falsa, que
buena parte de las trincheras de los policías habían sido tomadas o voladas
y que la guerrilla se estaba preparando para atacar al puesto policial.
Decidimos seguir unidos nuestro camino hacia el Cecidic. Parecía aquello el
lugar más seguro y las órdenes eran de reunirse allá. El alcalde y el
proyecto Nasa pusieron a disposición de la población la chiva para el
traslado de la población civil que se estaba congregando allá.
Cuando llegamos el Cecidic ya estaba lleno de gente, mucho congregados al
frente del único teléfono satelital que funcionaba tratando de ponerse en
contacto con los familiares e informar de la situación de todo. Algunas
familias estaban dispersas y trataban de ponerse en comunicación con otros
centros en los que se recogían a civiles para confirmar la presencia de sus
queridos. Incluso nuestro grupo de delegados de la Palabra no llegó
completo al Cecidic, sólo en el día siguiente pudimos saber dónde se habían
refugiado las personas que faltaban.
La organización de la acogida fue excelente: para todos se trató de
organizar un almuerzo, muchos habían salido sin desayunar siquiera, algunos
niños seguían en pijama. En una asamblea se explicaron las condiciones de
la acogida: se informó de las personas heridas en San Francisco y en
hospital de Toribío; de los más graves que habían sido remitidos a los
hospitales de Santander y Cali; de la muerte de un niño de nueve años caído
bajo las balas del fuego cruzado en las proximidades del puesto de policía;
de los contactos realizados con los organismos de Derechos Humanos; de las
listas a las que había que inscribirse a fin de facilitar la información de
las personas presentes en los varios centros. Mientras tanto la explosiones
seguían sordas en el pueblo.
Un cambio repentino sucedió a primeras horas de la tarde: durante toda la
mañana el así llamado avión fantasma siguió sobrevolando la zona de combate
casi ajeno a todo lo que estaba aconteciendo aquí en la tierra, mientras
que los helicópteros artillados disparaban cortas e intensas ráfagas hacia
las cumbres de las montañas en las que la guerrilla estaba atrincherada
para evitar cualquier acercamiento al pueblo desde el aire. Improvisamente
el cielo se pobló de helicópteros y las ráfagas desde el cielo se hicieron
más intensas y violentas. Luego, en dos puntos de aterrizaje uno de los
cuales bastante próximo al Cecidic, empezaron a tomar tierra los
helicópteros y a descargar soldados y material de guerra. En pocos segundos
aguantando los tiros de la guerrilla desde las lomas pero también
respaldados por otro helicóptero cumplían su misión, se iban y otro llegaba
al lugar de aterrizaje. Desde el Cecidic pudimos incluso contar las
personas que bajaban, en pocos segundos desaparecían en la espesura y de
esta manera lograron acercarse más y más al pueblo. Tardaron poco menos de
un par de horas para retomar el control de la situación. La guerrilla que
había venido pertrechada como para varios días de asedio y bombardeo, y con
la firme intención de tomar al pueblo y destruir el puesto de policía,
probablemente no se esperaba una respuesta de este tipo (en la anterior
toma de Toribío, en año 2002, la guerrilla bombardeó a la policía durante
casi 24 horas y en todo este tiempo ninguna tropa había sido desembarcada)
tuvo que replegar abandonando un discreto arsenal de pipas sin utilizar
repartidas en varias partes en las proximidades del pueblo.
A este punto, presidida por la guardia indígena, se organizó una comisión
de unas veinte personas que fuera al pueblo para revisar la situación en
que todo quedaba, evitar los saqueos que en otras ocasiones como esta se
habían producido y comprobar de que no quedaran artefactos sin explotar y
peligrosos. Esta misma comisión al poco tiempo de llegar allá pidió
refuerzos ya que la confusión era muy grande, nos llegaron también las
primeras señalizaciones de los ingentes daños materiales, de las casas
desintegradas y derrumbadas, del consistente número de heridos. Muchos,
preocupados por sus pocas pertenencias, quisieron irse rápidamente, algunos
salieron pero a las primeras ráfagas regresaron. Por otro lado el Cecidic
estaba dispuesto a darle cobijo a todas las personas que quisieran o
necesitaban. Cuando al final también nosotros decidimos tomar el camino del
pueblo no alcanzamos a bajar más de medio kilómetro cuando nuevamente
llegaron un grupo de unos seis o siete helicópteros a los que le disparaban
desde las montañas cercanas. Nos quedamos parado en el mismo punto de la
carretera sin saber qué hacer y puesto que el chaparrón no se detenía
tomamos el camino del regreso, ya dispuestos a pasar la noche en el Cecidic.
En ese momento un helicóptero se nos acercó a muy poca altura y nos soltó
encima un manotazo de papelitos en los que estaban las fotografías de
conocidos guerrilleros, posiblemente presentes en el territorio del Cauca,
y se invitaba la población civil a denunciarlos con el incentivo de
millonarias recompensas.
Al poco tiempo de estar de vuelta al Cecidic anocheció y se sirvió la cena
para todos los que habían decidido pasar la noche allá. Eran tan solo las
siete y media de la noche cuando me fui a la cama, cansado y casi rendido.
Y sin hacer nada en todo el día... solo correr y correr con el angustia de
saber que las balas y las pipetas corren más que uno mismo.

Viernes 15 de Abril de 2005
El día de los sueños quebrantados y las esperanzas ilusorias

Bien madrugados tomamos el camino del pueblo, el paisaje era simplemente
desolador: el olor a quemado estaba en todas partes, las calles estaban
llenas de escombros, había casas completamente destruidas. Los lugares de
impacto de las pipas explosivas eran evidentes: un hueco profundo en el
punto de impacto y destrozos grandes en los alrededores. El aspecto de la
parroquia, especialmente de la casa cural, tampoco era muy bueno. Las
puertas estaban todas torcidas y ninguna ajustaba perfectamente, acompañado
por el alcalde, que he encontrado barriendo al frente de la alcaldía, entré
en lo que quedaba de la casa colindante la parroquia: un montón de
escombros que estaban siendo sacados por los moradores y voluntarios
coordinados por el municipio. Las fuerzas armadas estaban en todas partes,
lo mismo que los altos mandos militares de ejercito y policía acompañados
por abundante escolta. Algunos de ellos quisieron visitar los destrozos de
la casa cural e hicieron un primer diagnóstico de los daños. "Es muy
probable que la pipeta viniera por el lado de la escuela -me dijo un
coronel de la policía- y que hiciera impacto precisamente en esta pared o
en las proximidades de la misma. Por ello todos los ladrillos cayeron en el
interior de la pieza" Observo que los ladrillos de la casa cural son
compactos y bastante anchos, y adosados a ellos estaban los ladrillos de la
otra casa, mas pequeños pero igual de compactos. La onda expansiva tumbó
ambas paredes. Afortunadamente en el momento de la explosión todos nosotros
estábamos reunidos en la Iglesia para la oración.
La pieza del padre Rinaldo estaba en las mismas condiciones, en este caso
el boquete era más pequeño y redondo, pero la pared estaba igualmente
plegada hacia el interior y los ladrillos que se habían caído habían
aterrizado todos encima de la cama que utilizaba el padre Peter cuando
pasaba la noche en la parroquia de Toribío aplastándola completamente. Solo
se lograba entrever una esquina del colchón y del armazón metálico de la
cama.
En la pieza del padre Antonio las cosas parecían estar un poco mejor, todo
estaba cubierto de polvo y de escombros pero la pared del fondo no se había
derrumbado. Eso sí, estaba totalmente cuarteada y si en las piezas
anteriores esa misma pared estaba hundida hacia dentro aquí parecía estar a
punto de caerse para afuera. Había una fisura de por lo menos quince
centímetros de ancho que separaba la pared del techo de la casa.
Las dos oficinas de Italia solidaria estaban también en ruina, los zapatos
para los niños beneficiarios del proyectos estaban desparramados en todas
partes, todas las paredes cuarteadas, la lámpara de neón de la primera
oficina se desprendió del techo y estaba en el piso, mirando para arriba y
con los fluorescentes intactos y ni siquiera cubiertos de polvo a
diferencia de todo el resto. Parecía que los hubieran depositado allí
después de la toma.
La habitación más interesante era el despacho parroquial. Justo al frente
de él, dejando en la acera un amplio socavón, explotó una pipeta que cayó
cuando todos ya habíamos abandonado la casa cural. La onda expansiva de la
explosión abrió la ventana haciendo volar los postigos internos de madera
pesada, cruzó la pieza y abrió también la puerta de madera que comunica con
la oficina de Italia solidaria volcando un pesante armario de metal que
estaba al otro lado de ella. Semejante violencia no movió para nada los
papeles que el padre Antonio tenía apilados por el lado izquierdo de la
puerta de entrada al despacho, puerta que quedó a su vez terriblemente
doblada. Todos los papeles estaban cubiertos de polvo, pero íntegros y en
el orden con los que los había dejados su dueño. Balas y metrallas habían
abierto también varios boquetes, algunos incluso muy hondos, en las paredes
internas del despacho y en el atrio de la casa.
Este fue el día de baño de popularidad de todas las autoridades políticas y
militares del departamento e incluso de la nación. Era imposible moverse
por ninguna parte sin tropezar con cámaras, micrófonos y periodistas a caza
de las mejores imágenes o de las declaraciones más fuertes. Pensábamos que
ese fuera el día de los mass media, de la primera plana de los periódicos,
del final de la pesadilla... aunque los hechos posteriores demostraron
claramente lo mucho que estábamos equivocados.
El gobernador del Cauca estaba en el pueblo ya desde la noche anterior y a
media mañana, en el más completo sigilo, aparece también el presidente de
la república. Apareció sin que nadie lo esperara en la plaza del pueblo.
Estaba yo en ese momento recogiendo escombros por el lado de la casa cural
cuando toda la gente presente en la plaza y en las inmediaciones de la
misma se puso a correr. En poco tiempo se reunió una gran multitud de gente
y al pie del único y frondoso árbol situado en la parte alta de la plaza,
rodeado de militares y de policía, se divisa la figura pequeña, delgada y
frágil del presidente Alvaro Uribe con sus gafas que me parecieron más
grandes de lo necesario y un sombrerito de paja.
No me detuve para escuchar el discurso que hizo: el ruido de las hélices de
los helicópteros, que sobrevolaban nerviosos y con aire agresivo el pueblo,
cubría con creces lo que se lograba oír desde el megáfono con las pilas
destempladas que le suministraron para hablar. Los reportes que nos
llegaron después nos decían de un discurso encendido en contra de la
violencia guerrillera y sus palabras añadieron, a la supuesta derrota
militar de la guerrilla en la fallida toma del puesto de policía de
Toribío, una suprema bofetada política. Al día siguiente supimos por los
habitantes de las veredas que esta actuación del presidente enfureció no
poco los guerrilleros: "ahora sí se prendió la guerra, y no va a haber
compasión ni para la población civil" -me comentaban. Los hechos de los
días siguientes confirmaron en parte esta triste predicción.
A pesar de tanta destrucción, cuyas señales nos acompañarán casi
seguramente durante los próximos meses, en este día parecía que la
violencia había también destapado todas las fuerzas positivas que estaba en
el interior de las personas: el pueblo era un auténtico frenesí: los que
tenían la suerte de no haber perdido nada en la toma, por estar su casa un
poco más en las afueras del pueblo, estaban ayudando los que lo habían
perdido todo o casi todo. Con la paciencia de las hormigas se estaban
sacando del almacén destruido hasta los más diminutos clavitos que se
pudieran recuperar. Técnicos especializados de la empresa eléctrica estaban
trabajando para devolver el servicio arreglando las conexiones truncadas y
desconectando aquellas que tan solo servían para llevar energía a un montón
de escombros con el peligro de desatar súbitos incendios. Las calles,
cubiertas de cascotes, estaban siendo barridas y en todas partes todo el
mundo trabajaba con el ansia de borrar, lo más rápidamente posible, todos
los recuerdos físicos del desastre del día anterior.
Me atrevería a decir que fue un día alegre y hasta lleno de buen humor:
había desaparecido la máscara de terror que estaba esculpida en el rostro
de todos en el día antes y el recuerdo de los muertos casi parecía un
recuerdo lejano. Los muertos en el interior de la población eran en aquel
momento tres: un niño de nueve años y dos policías. A ellos hay que añadir
un número bastante grande de heridos con algunos de ellos en situación
desesperada. Los reportes de testigos que vieron como eran evacuados
hablaban también de un discreto número de guerrilleros muertos o gravemente
heridos.
El ambiente que se respiraba en la parroquia era el mismo de todo el
pueblo: nosotros también trabajamos todo el día en remover escombros,
recoger cristales rotos y acomodar y limpiar toda la casa. El día,
especialmente soleado y cálido, nos favoreció. Varios voluntarios nos
colaboraron, desde Jambaló nos llegó la visita preciosa del padre Rinaldo
que recogió de su habitación casi totalmente destruida todo lo que pudo
rescatar y lo mismo hizo con aquella del padre Antonio. Todos los enseres
de Italia solidaria, lo mismo que los equipos, fueron transportando en el
segundo piso del Cetepan en la otrora biblioteca. En la nueva biblioteca
entraron los libros y todo lo de la cátedra Nasa puesto que el techo, en
ese punto, parecía estar en bastantes malas condiciones.
Durante todo el día no hubo luz ni agua pero por la noche ambos servicios
volvieron a funcionar. Todos disfrutamos intensamente de una ducha
restauradora y a la hora de siempre la campana del templo sonó para
convocar a la celebración de la eucaristía. Fue la primera misa que se
celebró después de la toma, en ese momento de tregua y aparente
restablecida normalidad. Cuando cenamos en el comedor, a pesar de que no
quedaban cristales en las ventanas y en el tumbado amplios boquetes nos
permitían ver las hojas de eternit del techo, la observación que me surgió
espontánea, compartida por todos, era que se podía considerar un milagro el
hecho de estar allí sentados comiendo en aquel lugar que por la mañana
parecía un lugar abandonado meses antes.
Aquella noche dormí en mi cama: por la ventana sin cristal entraba una
brisa fresca pero el calor de la cobija me recordaba que estaba vivo, sin
un rasguño y nuevamente en mi casa. Muchos otros no habían corrido con
igual suerte. La parroquia había puesto a disposición del municipio el
dormitorio del Cetepan para eventualmente hospedar los que se habían
quedado sin techo, pero nadie llegó esa noche: todos habían sido acogidos
en casa de amigos y familiares. Por otro lado el estar en el centro del
pueblo, tan cerca del puesto de policía, ya no era considerada una gran
ventaja habitacional.

Sábado 16 de Abril de 2005
El día de la gran estampida

El clima del Viernes por la noche fue el mismo que en el pueblo se disfrutó
el día sábado por la mañana: el mercado se levantó como todos los sábados,
colorido, bullicioso, frecuentado por gente de todas partes. Los campesinos
acudían desde todas las veredas, toda clase de persona se metió a la casa
cural y al Cetepan para contemplar, con rostro enigmático, los resultados
del bombardeo. Algunos, cuando me veían en la puerta, me preguntaban si
podían entrar. Los más lo hacían si preguntar siquiera. El padre Rinaldo
llegó con el maestro de obras y, después de un desayuno frugal, todos se
montaron en el techo para ver cuantas hojas se podían salvar y cuantas
nuevas había que conseguir. En poco tiempo una lluvia de cascotes lanzados
desde arriba volvieron a llenar el patio pero todos fueron evacuados con
carretillas hacia la calle, junto con los escombros que quedaban en el
interior de las piezas destruidas de la casa cural.
Nos llegó también la visita del padre Tomás, el recién nombrado párroco de
Tacueyó, acompañado por dos seminaristas de la diócesis de Popayán: visitó
un poco el pueblo y la casa cural y antes de irse me dijo que se encargaría
él mismo de comunicar al obispo diocesano lo que había visto y cuales eran
las necesidades más urgentes de la parroquia y la población.
Se acercó a la parroquia también la catequista de la vereda La Primicia a
la cual deberíamos haber ido esa misma tarde para la celebración de la
eucaristía mensual. Sus palabras no fueron muy tranquilizadoras: "Padre,
mejor suspendamos la misa: en todos los filos de las montañas está lleno de
guerrilla embravecida, en el fondo del valle, siguiendo la carretera hacia
Jambaló, están subiendo patrullas muy armadas del ejército. Esta situación
no se ve nada buena".
Por la mañana algunos niños de la catequesis acudieron a la parroquia con
la intención de tener la convivencia que estaba programada. Se organizó un
poquito de catequesis y, para darle rienda suelta a sus sentimientos, a
María Esperanza se le ocurrió mandarles pintar lo que sintieron y cómo
vivieron los hechos violentos del día jueves. Ahí trabajaron
concienzudamente y los resultados fueron expuestos en el tablón al fondo de
la iglesia. Varios canales de televisión se cebaron en ellos.
Por la tarde nos alcanzó nuevamente la guerra. Las noticias más terribles
nos llegaban desde las veredas hacia Tacueyó y Puente Quemado: "los
guerrilleros están bravísimos... las palabras de Uribe los ha enfurecido...
están furiosos... bajan con pipetas... llevan pipetas de las muy grandes...
están ahí no más, en las afueras del pueblo... son mucho más de los
policías... esta vez no van a respetar la población civil... ya están
desalojando las casas de las veredas cercanas, están sacando a todo el
mundo... mandan decir que para cuando sean las cuatro de la tarde todo el
mundo tiene que estar afuera del pueblo, que no van a responder por nadie
que se quede en las casa próximas al puesto militar... la aviación militar
y el ejército los están cazando por allá arriba en Santo Domingo y ellos
ahora sí que regresan al pueblo con más ganas que antes... les han
destruido una columna entera de vehículos que tenían parqueados por allá...
ha sido dado de baja a uno de sus comandantes y eso no lo piensan perdonar".
¿Sería cierto todo ello? ¿No sería más bien una estrategia de terror
organizada de tal manera que el ejército repliegue? ¿Será que quieren que
el pueblo viva en eterna zozobra de tal manera que los mismos del pueblo
alejen la policía de allí? ¿O simplemente todo eso es verdad y hay que
salir antes de que sea demasiado tarde?
El padre Ezio me llega a la pieza y en voz baja me dice "hay que empacar
por si acaso se confirman las voces que corren por todas partes, yo voy a
una reunión en la alcaldía, allá vamos a decidir que hacer... lo que
hagamos hagámoslos todos juntos y unidos, es la única forma para enfrentar
esta emergencia. Tú avisa a los otros de la casa para que ellos también se
preparen para eventualmente evacuar". Dicho esto salió hacia el alcaldía.
No lo volví a ver sino casi dos horas más tarde en el Cecidic.
Mientras la "dichosa" reunión se llevaba a cabo en el alcaldía nos llega a
la parroquia Marta Mera, siempre bien informada de todo lo que pasa,
diciendo, en voz baja pero clara, que fulanito le había dicho a menganito,
amigo de sutanito que... en resumidas cuentas hay que irse, cuanto antes
mejor. Y sonó el primer disparo. "Esperemos mejor al padre Ezio, a ver qué
noticias nos trae". Y sonó el segundo disparo seguido por una ráfaga muy
intensa. "mandemos a alguien al alcaldía para que nos traiga una razón". Y
sonó el primer bombazo. Como que no regresaba el primer mensajero ensayamos
a mandar un segundo. Otro disparo. Tampoco regresó el segundo mensajero; ya
nos parecíamos a Noé en el arca. Ráfaga. "Ahora sí hay que salir -dijo
Henry del movimiento juvenil- ahora o nunca". Y así fue la estampida. Todos
montados al carro de la parroquia, manejado por Marta, todos los maletines
de los jóvenes, un par de colchonetas para dejar en la casa de Miriam en
donde había también vecinos hacinados. Abrí con dificultad el portón del
garaje, que también se había doblado con las explosiones y que el padre
Rinaldo había arreglado lo mejor que podía a golpes y trompazos, y salimos
disparatados hacia el Cecidic. Saliendo del pueblo nos encontramos con la
familia de Berta Pancho, ella estaba llevando en los brazos la hija ciega y
atrás venían los demás pequeños. Me bajé, se montó Berta, se montó Maira,
la cieguita, se montó Daniela, se montó Nelson David, se montó el Guacamayo
Paco que en el día anterior casi le da un infarto... y a este punto ya no
cabía el padrecito que siguió a pie hasta el lugar en el que fueron bajadas
las colchonetas. Sin colchonetas pude volver a entrar en el carro. Mi vida
por dos colchonetas, ¿les parece poco?
El pueblo estaba dividido. Los asustados (creo que nosotros estábamos más
bien en ese grupo), los incrédulos que miraban a las montañas y no podían
entender que el reloj se hubiera regresado tan rápidamente a los hechos de
hacían tan solo dos días atrás y los valientes que necesitaron de un
poquito más de dinamita y bulla para tomar la decisión de que mejor vivo en
el Cecidic que valiente y muerto en Toribío.
Ese día fue el "día de la estampida": al final todos salieron del pueblo a
la "sálvase quien pueda", y los que no habían preparado la maleta con
tiempo, con lo que pudieron arrumar en el momento. De todos modos fue
consolador ver que la mayoría iba bien pertrechada, quiere decir que el
"run run" de la tarde había llegado prácticamente a todas las casas.
En el Cecidic, lugar de "asamblea permanente" los cogimos a todos
desprevenidos. En realidad allá arriba no habían llegado las noticias de
las nuevas amenazas por lo que muchos de los encargados no estaban siquiera
presentes. Hubo que organizar una cena de emergencia pero para ello se tuvo
que volar el candado de la cocina y al final lo que se pudo hacer fue la
colada para los pequeños y el agua panela para los mayores (diabéticos
incluidos). Yo me fui a la cama en ayunas pero no fue tan grave. Más tarde
llegó el padre Ezio diciendo que en la asamblea de la alcaldía habían
concluido que la amenaza no tenía que ser muy grave pero el susto de la
gente había también que respetarlo. Se dio media vuelta y bajó al pueblo.
La amenaza efectivamente no fue grave, pero las pipetas sí que volaron.
Afortunadamente no añadieron más daños a los que ya había. Los demás
pasamos la noche en el Cecidic.

Domingo 17 de Abril de 2005
La batalla enfurece, la sociedad civil se organiza

La mañana del domingo del buen Pastor fue tranquila tan solo hasta las diez
de la mañana, la hora acostumbrada de la misa. Con el padre Ezio habíamos
decidido suspender la misa de la vereda de Natalá, por la tarde, ya que
todo aquel sector estaba repleto de guerrilla en pie de guerra y
ciertamente la gente no iba a abandonar sus casas para la eucaristía y
también suspendimos la de la seis de la tarde en el pueblo: "ya nadie
tendrá ganas de salir por la noche con tanto ejército y tanta guerrilla al
acecho". Decidimos que yo celebraría la misa de la mañana y él aquella del
mediodía en San Francisco. Estaban proclamando la primera lectura, con los
poquitos que acudieron a la misa, cuando se escucharon tres disparos secos
en la parte de atrás del templo. Ahí empezó nuevamente un tiroteo bastante
intenso dominado por el traqueteo sordo de una ametralladora pesada que
disparaba desde el puesto de policía. Se estaba cantando el aleluya cuando
veo asomarse por la puerta de la sacristía una señora che vive en la calle
de atrás con aspecto muy asustando. Me acerco a ella para preguntar que
sucedía y el hecho fue que un franco tirador de la guerrilla les había
disparado a dos policías que estaban por fuera de la trinchera hiriéndolos
aparentemente de gravedad. Nos pasamos todos a la capilla Roattina, más
segura en el caso se tuviera que desatar un enfrentamiento con pipetas y
allí continuamos con la misa. Me tocó proclamar el evangelio del buen
pastor mientras afuera sonaban los tambores de la guerra. No fue fácil.
Menos hacer la homilía con el mismo martilleo. Al momento del ofertorio las
cosas parecían calmadas por lo que la gente pudo regresar a sus casas
tranquilamente... o con la misma circunspección a la que todos nos habíamos
acostumbrados en esos días. Cuando llegué a la casa cural supe por la
cocinera que el padre Ezio se había ido al hospital con los dos policías
heridos evacuados hasta allá en un carro particular que estaba parqueado
allí en ese momento. De lo que él mismo nos contó más tarde el primero
llegó prácticamente muerto: de nada sirvió el esfuerzo de los médicos para
salvarle la vida, al otro se lo llevaron en un helicóptero pero nos llegó
la noticia desde Cali que también murió al poco de llegar al hospital. Como
que se acercaba la hora de la misa en San Francisco y el padre Ezio no
aparecía tomé la decisión de ir yo para allá y le dejé dicho a la señora de
la cocina que si el padre Ezio regresaba con intenciones de ir a San
Francisco que fuera, si más bien prefería descansar que se quedara. Al
final llegamos los dos al tiempo a San Francisco y la misa la presidió él.
La cosa nos permitió comer juntos con las hermanas lauritas de allí para
intercambiar impresiones acerca de los tres días pasados. Por encima del
pueblo, cuyo valle se divisa desde lo alto en San Francisco, los
helicópteros volvieron a volar y a ametrallar. Nosotros creímos que fuera
para evacuar el policía herido, pero nos extraño el hecho de que eso se
prolongó a lo largo de bastante tiempo. Pensamos que fuera más prudente
quedarse mientras la batalla enfurecía.
Cuanto todo estaba tranquilo, con los dos carros que habían acudido a San
Francisco, nos volvimos a bajar. En el Mitsubishi llevado por Marta yo me
encargué de manejar la Bandera Blanca bellamente confeccionada con un mango
de escoba y una vieja toalla; en el Vitara manejado por Ezio en lugar de la
bandera blanca la estola blanca cumplió a la perfección su cometido, a
falta de copiloto todo lo manejó el padre Ezio y con la "estola de guerra"
llegamos al Cecidic.
En la puerta del Cecidic había mucho movimiento: desde abajo las noticias
que llegaban no eran tan buenas, la parte central del pueblo estaba cocida
a tiros. Agarramos la bandera blanca para bajarnos a las afueras, para ver
si era posible acercarse a la parroquia y para rescatar el carrito de
Maira. Llegados al barrio del Paraíso se desató el tiroteo: bajamos de los
carros rápidamente y nos unimos al grupo de personas que estaban esperando
el final del chaparrón sentados pacientemente muy pegados a las paredes de
las casas, en un momento de receso del tiroteo, alcanzamos la casa en la
que estaba el carrito de Maira y nos regresamos al Cecidic.
Este fue el día en que la organización indígena, con su fuerte tradición de
resistencia, empezó a reaccionar antes el conflicto. Las grandes
organizaciones nacionales e internacionales: la Red de Solidaridad, la Cruz
Roja, el Bienestar Familiar, después de habernos visitado en el día viernes
cuando parecía que todo se había terminado, a la hora de la verdad no
lograron llegar al pueblo con las ayudas que habían prometido en el día de
los hostigamientos prolongados y la guerra interminable. En el Cecidic,
adonde llegaron por primera vez todas las personas que se habían quedado en
el pueblo dejándolo desierto, los alimentos no faltaron y fueron
trasladados allí desde las tiendas de los cabildos de Toribío y San
Francisco, la organización fue sólida, las comisiones trabajaron, la
acogida fue más organizada, los proyectos de reacción política ante
semejante conflicto se fueron precisando, la guardia indígena se movilizó.
Había que defenderse con los medios propios y se anunció para el día
siguiente la llegada de sendas caravanas de indígenas, provenientes de
todas los resguardos del Norte del Cauca, con la intención de manifestarse
por la paz y la autodeterminación de los pueblos indígenas frente a los
actores armados.
En el Cecidic, antes de la cena, se volvió a celebrar la eucaristía.
Nuevamente la oración de muchas personas, desplazadas en esa noche de sus
casas y reunidas en forma solidaria bajo el mismo techo, le pidió al
"pastor grande de las ovejas" concederle tener vida, y vida abundante. Una
vida que la violencia de los armados parecía querer negar con mucha
determinación y obstinación.

Lunes 18 de Abril de 2005
El día de la resistencia no violenta

El caso Toribío ya es un caso sonado en los medios de comunicación
nacionales. Las Frac, que han estado planeando la toma con mucha atención
convocando incluso frentes provenientes del Cauca y del Meta, en Toribío
llevan desafiando la autoridad del estado y de del presidente Uribe. A
pesar de la numerosa presencia militar, el pueblo sigue amenazado, la gente
desplazada, las pipetas siguen cayendo, los francos tiradores están listos
las puertas del pueblo, la afluencia de tropa guerrillera es una noticia
evidente por todas partes, reconocida también por los medios de
comunicación nacional cuya presencia a este punto es masiva en el
territorio del municipio.
Durante la mañana todos los del equipo misionero bajamos al pueblo para
preparar la acogida de los indígenas que deberían llegar al municipio en
horas de la mañana para ocupar masivamente el pueblo y alejar de forma
definitiva a los violentos. Limpiamos la iglesia para organizar la acogida
masiva de los que pudieran llegar, se prepararon las colchonetas, se
limpiaron los baños, se quitaron los últimos vidrios rotos que estaban
enmontonados en varias partes de la casa, el padre Rinaldo subió al techo
para coordinar los primeros arreglos y cuando todo estaba en su punto...
sonó la primera pipeta. Ahí nos enfriamos todos y más cuando explotó otra
pipa mucho más fuerte y violenta y que al final resultó haber sido activada
por los mismos policías. Haberlo hecho sin avisar y después de la caída de
una auténtica no fue señal de mucha inteligencia, pero que le vamos a
hacer, eso es lo que pasa el gobierno para la "defensa" de la población
civil. Cuando salimos con las maletas en las manos y el corazón en la
garganta, un boina verde que pasaba muy altanero y guapo por debajo de su
gorrito al frente de la parroquia nos dijo que al cabildo le correspondía
avisar de las pipas que iban siendo desactivadas. Al poco tiempo
desactivaron otra y en ese caso sí nos avisaron.
Nos llegó la noticia que la caravana indígena que subía desde Santander del
Quilichao había sido detenida por la guerrilla repartida a lo largo de toda
la carretera: los argumentos eran sólidos "si quieren pasar -decían- allá
ustedes. Sepan que los esperan unos combates muy fuertes y que no vamos
responder de la vida de ustedes que ya quedan avisados de lo que los
espera".
Decidimos entonces almorzar en la casa, ya que el almuerzo casi estaba
preparado, y después salir nuevamente hacia el Cecidic y ver qué hacer. El
padre Ezio nos trae el texto de una carta en la que se pide una mediación
que permita alcanzar en breve tiempo el alto al fuego. La carta está
destinada en primer lugar al obispo de Popayán y a para conocimiento a
mons. Luis Augusto Castro, vicepresidente de la Conferencia Episcopal, ya
que el actual presidente, el cardinal de Bogotá Rubiano, está en Roma para
participar al cónclave.
Por la tarde esta carta será enviada por el padre Rinaldo desde Jambaló, en
donde todavía funcionan los servicios de internet. Solo a las cuatro de la
tarde logran llegar a Toribío las caravanas de los indígenas que habían
quedado represadas a lo largo del camino y el objetivo de manifestarse en
contra de los violentos es logrado solo en parte. Las noticias de hecho nos
dicen que por la noche, en las proximidades del casco urbano de Toribío,
otra vez se empiezan los combates. Se consuma otra noche de desplazamiento.
Toma Jambaló. desde la noche del Jueves 21 de abril

Fueron dos y explotaron en muy rápida sucesión, sin previo aviso, sin
tiroteos anteriores,. Su estruendo mortífero e inconfundible desbarató la
noche entre el Jueves 21 y viernes 22 de abril, a la semana exacta del
intento de toma de Toribío. En medio de chismes, amenazas y avisos los
demonios de la guerra llegaron también a Jambaló con sus mortíferas e
inconfundibles cargas.
Fue un acto violento muchas veces anunciado. El miedo de la población era
evidente: el silencio en el pueblo atronador como las repetidas e
insistentes amenazas. Muchas familias ya habían tomado la determinación de
desalojar y la alcaldía, con no pocas dificultades, estaba preparando un
plan de contingencia. En algunas veredas cercanas los cabildos ya habían
almacenado los alimentos necesarios para resistir en unos pocos días de
espera y de miedo.
La misma tarde del Jueves algunos helicópteros de la policía habían
desembarcado cierto contingente de hombre con armas de guerra y equipados
para enfrentar las amenazas que se hacían cada hora más espesas. El hecho
de que la misma policía estaba tomando muy en serio las voces que
circulaban no ayudaba ciertamente a tranquilizar los ánimos. Todo nos decía
que nos teníamos que preparar para lo peor y sin embargo nos costaba
creerlo.
Nos costaba creerlo ya que las noticias que nos llegaban por los medios de
comunicación y por el testimonio de los que estuvieron próximos nos decían
que en Toribío seguían los enfrentamientos, seguía la guerra, se alargaba
la lista de los heridos y de los muertos entre las partes en combate pero
también entre la población civil.
Todos se preguntaban lo mismo: estando la guerrilla tan empeñada
militarmente en el frente de Toribío, ¿será que tiene bastantes hombres en
campo como para abrir otro frente de guerra y de terror por los lados de
Jambaló?, ¿no se tratará más bien de otro capítulo de la guerra psicológica
que tanto desplazamiento había producido entre la población civil de
Toribío en los días inmediatamente posteriores a la toma que se había
realizado en aquella población?
Las respuestas de las Farc a estas preguntas llegaron sonadas, contundentes
y aterradoras en esa misma noche, a eso de las once de la boche, cuando ya
muchos estaban tranquilamente dormidos en su cama preparándose a un desvelo
que duraría hasta las cuatro y media de la mañana del día siguiente. Seis
largas horas de bombardeos, sobrevuelas, ametrallamientos y disparos de
armas automáticas... todavía había hombres dispuestos al combate, la guerra
seguía exigiendo su espacio, los cilindros de gas, con su carga de muerte,
estaban más que listo para el ataque.
Llegaban al pueblo de dos en dos, con periódica frecuencia. Imagino que el
tiempo que pasaba entre una arremetida y otra simplemente debía ser el
tiempo necesario para volver a armar los tubos de lanzamiento. Las
periódicas explosiones de estas armas no convencionales eran fuertísimas
sin embargo la experiencia de Toribío me había enseñado que, mientras no
estallaran en mil pedazos los cristales de la casa cural, tampoco eran
peligrosamente próximas.
Con el padre Rinaldo, que al momento de empezar el bombardeo no se había
acostado todavía, organizamos un dormitorio de emergencia en el salón
comedor de la casa cural. Arrimamos la mesa a la ventana para alejarnos
aunque sea un poco del peligro de los cristales que se podían romper,
detrás de la mesa extendimos las colchonetas que normalmente utiliza en las
visitas a las veredas y en ella nos acostamos para aguantar la noche de la
mejor forma que pudiéramos. La plancha de hormigón que sostenía el segundo
piso de la casa cural era nuestro techo y nuestra seguridad. A la luz de
una vela que prendimos encendimos también la radio para escuchar si en
alguna emisora se hablaba de la feroz batalla que nos rodeaba, sin embargo
no hubo noticias, ni en esa noche y, paradójicamente, ni siquiera en las
hora siguientes. Aquella era nuestra guerra, o la guerra de los grupos
armados regulares e irregulares que se estaban enfrentando allá afuera,
nuestra y de ninguno más.
La respuesta de la policía fue muy contundente, aunque con trágica
regularidad las pipas explotaban en las inmediaciones del puesto de
policía, el resto del fuego parecía ser todo la policía que estaba
atrincherada en distintas garitas repartidas en varias partes del pueblo.
En poco minutos quedó claro que no se trataba de un hostigamiento más. La
"artilleria" guerrillera hablaba muy claro de las intenciones de los
alzados en armas. Tomarse el pueblo y, a falta de puesto de policía para
destruir, desterrar de cualquier manera la policía presente en el municipio
de Jambaló.
Después de un tiempo -en esas condiciones extremas es difícil cuantificar
el tiempo ya que los minutos parecen horas- llegaron el avión fantasma y
por lo menos unos o dos helicópteros artillados: su aleteo llenaba la
noche, iluminada solo por una luna casi llena pero apagada cuando no
totalmente cubierta por las nubes, y durante un tiempo fueron sobrevolando
el campo de batalla aparentemente sin un objetivo muy claro... hasta que en
pocos segundo vomitaron, imagino que sobre los guerrillero, su
impresionante volumen de fuego y de muerte. Cuando se fueron, a los pocos
minutos, todo quedó en silencio
La tregua duró poco más de media hora y creo que hasta alcancé a dormirme
antes de que explotaran otras dos pipas en rápida sucesión, no recuerdo con
precisión la hora, no consulté las manecillas florecientes de mi reloj que
me permitían divisarla también en medio de la total oscuridad, pero tenía
que estar ya bien entrada la madrugada y en el campo de batalla nada
parecía haber cambiado: la misma guerra, el mismo horror, el mismo desvelo,
el mismo tiempo que parecía haberse detenido, los mismos resultados, las
mismas explosiones. Todo igual que al principio.
La intervención de la fuerza aérea en este caso fue muy rápida como si los
helicópteros no hubieran tenido el tiempo de regresarse hasta Cali. En esta
ocasión la luz de bengalas iluminaba el campo de batalla y el vuelo de los
helicópteros se hizo más próximo, aparentemente por encima del techo de las
casas y el estruendo de sus armas automáticas mucho más aterrador.
Esta segunda parte de la batalla fue más prolongada de la primera, más
violenta, más intensa, probablemente más mortífera. En ese momento de
acordé de las palabras de la doctora del hospital a quien había visto la
noche anterior en la reunión de emergencia convocada en la alcaldía:
"tenemos material suficiente para atender a más de cien heridos, todos
esperamos no tener que utilizarlo nunca, sin embargo es importante tratar
de estar bien equipados y preparados para lo que pueda venir".
¿Cuantos heridos habrán alcanzado el hospital?, ¿cuántos muertos tendremos
que lamentar al día siguiente? Hasta el momento para las tres personas que
estábamos en la casa cural solo tuvimos que lamentar un susto tremendo y
una noche de desvelo... pero ¿qué tan cerca nos caería la próxima pipeta
explosiva?
A las cuatro menos cuarto la guerrilla replegó y las armas callaron esta
vez de forma definitiva. Aprovechando las últimas horas de oscuridad se
desaparecieron con el mismo sigilo con que habían llegado. Más tarde, por
algunos testigos, supimos que tuvieron que llevarse heridos y posiblemente
también algún muerto. En el puesto de salud de Zumbico, en donde unas horas
más tarde nos refugiaríamos, se acercó un pequeño grupo de ellos para pedir
material quirúrgico e insumos médicos. Tuvieron que alejarse hacia las
montañas sin nada ya que nada había allí. Todo estaba en el hospital que
unas horas más tarde tuvo que ser evacuado, lo mismo que toda la población
civil de Jambaló.
Hacia las siete de la mañana, ya de día, empezamos a ver a gente por las
calles. Al salir de la casa cural el parque presentaba el aspecto de
siempre, nada parecido a lo que aconteció en Toribío en donde los signos de
la guerra eran más que evidentes en buena parte de las edificaciones
alrededor del parque. Iglesia parroquial incluida. Las destrucciones más
graves estaban en las casas de la vereda de Campo Alegre, en las afueras de
Jamabló loma arriba. Desde allí dos lanzaderas de la guerrilla, que la
policía encontró malamente apoyadas a un alambre de púas que cercaba un
pequeño predio agrícola, nos estuvieron azotando la madrugada anterior. A
su alrededor muchos envases vacíos de pólvora negra, utilizados para
disparar las 8 ó 10 pipas que cayeron en las inmediaciones del pueblo. Unos
cuatrocientos metros más atrás, no lejos de la casa que me pareció la más
afectada por las explosiones, un inmenso socavón de unos diez metros de
ancho, (que yo vi lleno de agua pero, según testigos, con más de dos metros
de profundidad), estaba indicando el lugar en el que la guerrilla tenía que
tener almacenadas todas sus pipas y que un disparo desde el aire, no
sabemos si accidental o exacto, hizo estallar todas juntas causando,
imagino, no pocas bajas en las filas de la guerrilla. El mismo aspecto de
la vegetación de ese lugar no dejaba dudas acerca de la violencia del
estallido.
Con el padre Rinaldo nos acercamos al puesto de policía para ver si habían
llegado heridos civiles al lugar. El personal del hospital estaba todo en
la calle comentando concitado las experiencia de la noche anterior pero no
hubo reporte de bajas o heridos entre los civiles y ni siquiera entre los
policías que combatieron en esa noche. Todo parecía haber pasado sin dejar
rastros... solo el susto, el miedo, y la zozobra del haber podido comprobar
que las voces que estaban en el aire desde hace unos días estaban bien
fundamentadas.
El cielo había amanecido despejado pero no así los ánimos de los moradores
de Jambaló. Por todas partes se respiraba un claro aire de desalojo, máxime
cuando llegó la noticia que la guerrilla daba tiempo hasta las nueve de la
mañana y que a esa hora tenía la intención de retomar los combates y el
bombardeo. En ese momento ya nadie, después de las demostraciones de la
noche anterior, estaba dispuesto a esperar o dudaba acerca de las reales
intenciones de la subversión.
Los más se pusieron en marcha sin esperar las órdenes de las autoridades,
además desde la madrugada anterior el alcalde no se había reportado: estuvo
en contacto por radio con otras personas del alcaldía durante los primeros
momentos del ataque, luego nada más se escuchó. El éxodo tomó
fundamentalmente dos direcciones: hacia Pitayó y Silvia, casi queriendo
dejar atrás todos los espectros de la guerra, y en la dirección de Toribío,
llegando a la vereda de Zumbico desde donde se podía ver abajo, pero a
prudente distancia, las casas vacías del pueblo de Jambaló.
Cuando al final todos se habían ido, o habían emprendido el camino del
desplazamiento, salieron también las autoridades, entre los que estábamos
nosotros, el padre Rinaldo, yo y algunos jóvenes del equipo misionero y el
movimiento juvenil. Faltaban todavía más de treinta minutos para que fueran
las nueve, y el pueblo estaba ya totalmente desierto, solo fuertemente
presidido por un aguerrido contingente policial.
Saliendo desde Jambaló alcanzamos la vereda la Laguna, solo separada por
unos pocos kilómetros del casco urbano del pueblo, pero, por la cantidad de
personas que se habían congregado en aquel lugar y las dificultad de
comunicación que los radios del cabildo tenían en ese lugar encerrado en
medio de dos amplias laderas, se decidió proseguir hasta la vereda de
Zumbico, más grande, con mayores posibilidad de acogida y con una tienda
comunal que los cabildos había surtido días atrás previendo lo que en ese
mismo día nos estaba aconteciendo.
Empezó un lento y largo día de desplazamiento y fueron nuevamente las
autoridades indígenas las que tuvieron que hacer frente, con sus recursos,
a la situación de emergencia que estábamos viviendo. Panela, queso, arroz,
galletas, leche... e incluso truchas llegaron a la mesa de los desplazados.
Organizados por barrios las familias desplazadas montaron cocinas de campo
y a la hora del almuerzo y de la cena no nos faltó comida. Hubo
dificultades que se trataron de subsanar de la mejor manera y no faltó
tampoco la solidaridad y la acogida de los moradores de Zumbico: leña,
servicios higiénicos, espacios de asamblea permanente.
Ya por la noche llegó el alcalde proveniente de una amplia gira por los
municipios cercanos y por las zonas de refugio, nos dio un primer informe
de las personas que habían abandonado el casco urbano de Jambaló: 112 en La
Ovejera, 140 en Zumbico, 280 en Pitayó, 150 en La Laguna, 150 en Silvia...
estas cifras se fueron al final corrigiendo y precisando el día posterior
y, lastimosamente, casi todas se incrementaron.
Reunidos en una oficina del puesto de salud, que afortunadamente no tuvo
que atender a nadie en ese día y estaba desalojado, una pequeño grupo de
autoridades municipales e indígenas preparó el "plan de combate" para el
siguiente día: había que evaluar los daños producidos por el ataque; hacer
un censo más preciso de la población refugiada y de los lugares de refugio;
era necesario pensar en la alimentación de más de mil personas que tuvieron
que abandonar sus casas. Otro día de resistencia se había consumado, pero
la guerra continuaba y no se le veía salida en poco tiempo.

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