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Bolivia: isteria di una storia elettorale

28 novembre 2005 - Adalid Contreras Baspineiro (sociologo boliviano)
Fonte: ALAI


Con altas y bajas, en nuestros 23 años de democracia ininterrumpida, en Bolivia hemos asistido a las urnas en seis oportunidades, con un promedio de ausentismo del 40% que está por debajo de la media latinoamericana. Se puede colegir que el ejercicio del voto es una manifestación simbólica importante de nuestras esperanzas por el desarrollo, y de una creencia en la democracia como el mejor camino para construirnos país, a pesar de todo.

A pesar de todo, decimos, porque los sucesivos poderes electos se deslindaron de sus responsabilidades de representación, encerrándose en una bola de cristal alejada de sus electores y de sus esperanzas y aferrada a formas de gobierno hechas de pactos de conveniencia en democracias pactadas donde se turnaron en el poder tres partidos de arraigo neoliberal: el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), Acción Democrática Nacionalista (ADN) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Alrededor de ellos, con un pie adentro y otro afuera, no faltaron nunca, paradójicamente sin estar totalmente presentes, el Movimiento Bolivia Libre (MBL), Nueva Fuerza Republicana (NFR) y la Unidad Cívica Solidaridad (UCS). Las formas de desempeño de estos pactos han servido para caracterizar regímenes con escasa credibilidad, configurando un tipo de Estado con altos índices de corrupción prepotente hacia adentro, obediente hacia fuera, e impotente ante los mandatos de las multinacionales.

Siguiendo el decurso histórico marcado por el dinamismo dignificador de los movimientos sociales de los últimos años y que se empeñaron en cambiar estas formas de democracia (i)representativa, nos ilusionamos con la posibilidad de que el proceso electoral que estamos viviendo y que culmina en las urnas el 18 de diciembre próximo, se caracterizaría por el debate ideológico de programas, propuestas y agendas políticas. La puesta en escena por parte de los movimientos sociales y cívicos de temas irresolutos como la recuperación de los hidrocarburos, las autonomías regionales, la reversión de tierras al Estado, la re-nacionalización de la minería y la realización de la Asamblea Constituyente, nos hicieron creer ilusamente que la repolitización de los procesos sociales se entronizaba también en los partidos y frentes políticos.

En las elecciones a fines de los setentas, que abren el camino al cierre de décadas inacabables de dictaduras militares, las mesas electorales y sus calles adyacentes eran una especie de campos de batalla ideológica, y el ejercicio del escrutinio estaba mediado por la presencia de todos los votantes y más, cuidando que cada voto se anote correctamente. La lectura pública del conteo de los votos se acompañaba con un coro polifónico de voces de los presentes cantando la sigla del partido correspondiente en cada voto que se anotaba a la vista de todos. Y por si fuera poco, se formaban caravanas de acompañantes de las ánforas hasta el lugar asignado por la Corte Electoral para los recuentos oficiales.

Hoy por hoy los procesos se han tecnificado al mismo tiempo que se han deshumanizado en mecanismos en los que los monitores no dejan ver colectivamente los conteos. Además, se prefiere espectar los resultados por televisión, porque antes que se cierren todas las mesas, las cadenas televisivas y radiales, basándose en sondeos en boca de urna, ya saben quién gana y con qué porcentaje. Sufrimos los efectos de la tecnificación, pero también los de la despolitización de los procesos electorales, puesto que la rutina de los recambios presidenciales con los mismos candidatos afiliados a la univocidad del discurso liberal nos hizo perder el entusiasmo por el debate, y nos hizo internalizar una convicción no muy equivocada: es más de lo mismo.

¡Cómo no recordar las elecciones del 78! Don Hernán Siles Suazo, que logró aglutinar grupos de izquierda en la Unidad Democrática Popular (UDP) optó por el color naranja, y su principal opositor el general Juan Pereda Asbún, candidato de la prolongación oligárquico-militar por la papeleta verde, en un proceso en el que no existía aún la papeleta única, sino una por partido. Entonces, además del programa, de los candidatos y de la sigla era importante el color de la papeleta. Salidos recién de la arquitectura dictatorial y con unas elecciones manejadas desde el gobierno militar, en las mesas electorales de las comunidades rurales se quitó veladamente la papeleta naranja y sin embargo fue la ganadora porque el sindicato campesino manejó la consigna de la papeleta naranja bajo el poncho, para burlar el control militar y la manipulación oficial, y con el argumento que votar por la naranja era votar por el retorno a la democracia.

Ya con las elecciones del 1984 y en las subsiguientes conocimos el sentido del marketing aplicado a las campañas políticas por los medios de comunicación. Los mensajes directos abrieron paso a los subliminales y los posicionamientos de los eslóganes reemplazaron los discursos de las calles. La política empezó a abandonar los balcones y las plazas para trasladarse a los sets de televisión y los estudios de radio. Por la univocidad del discurso liberal, el marketing político que construye programa fue reemplazado en la práctica por el marketing electoral que se limita a posicionar candidatos y frentes partidos.

Estas elecciones del 2005 en las que esperábamos el retorno del debate ideológico, estamos viviendo uno de los procesos conceptuales y metodológicos más decadentes de la campaña política, tanto por su sinsabor como por su pobreza comunicacional aprisionada en la guerra sucia. Juntos, estos factores conforman un proceso equivalente al concepto aymara del kayma, que es por una parte sinónimo de soso o sin sabor ni color. Kayma equivale también a debilidad o falta de entusiasmo y energía. Kayma es así mismo ausencia de creatividad y de convicción. Kayma es carencia de identidad y de carisma. Kayma es el que opera en la oscuridad, opaco, sin transparencia. Kaymas son, en definitiva, por todo lo dicho y más, estas elecciones presidenciales y prefecturales.

La guerra sucia, ¿estrategia de perdedores?

Definitivamente, quien más pierde con la guerra sucia es la política y en consecuencia la democracia. La guerra sucia, se sabe, es el recurso recomendado por las estrategias que encuentran en sus diagnósticos una combinación predominante entre debilidades internas y amenazas externas. Entonces, las (in)capacidades se suplen con la búsqueda del debilitamiento y descalificación del otro, entendido éste como el blanco más identificado de la competencia. La guerra sucia es estrategia de perdedores, pero en más de una ocasión ha permitido hacerlos ganadores. La misma experiencia electoral boliviana tiene sus ejemplos. En las elecciones de 1988 en las que Tuto Quiroga fue jefe de campaña de la ADN del dictador Bánzer, su estrategia se basó en la descalificación del MNR, y ganó. En las últimas elecciones, las encuestas aseguraban como ganador a Manfred Reyes Villa de la NFR, pero la guerra desatada por el MNR en su contra y por el embajador de los Estados Unidos contra Evo Morales, lo hicieron ganador a Sánchez de Lozada y le regalaron votos de dignidad al MAS.

En las actuales elecciones la guerra sucia se evidencia en cuatro espacios de realización. El primero ocurre en el nivel de los frentes con opción ganadora y que han polarizado la preferencia electoral: el conservador Poder Democrático y Social (PODEMOS) de Jorge Tuto Quiroga que concentra un promedio del 30% de la preferencia electoral y basa su campaña en la desacreditación política y étnica del nacionalizador Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, que arrastra el 35% promedio de las preferencias. El segundo espacio de confrontación tiene el viso de quien quiere sacar rédito de las diferencias de los otros, y es lo que pretende Samuel Doria Medina de la centrista Unidad Nacional (UN), tercera en las preferencias con un 12%, y que se estrella contra el MAS y contra PODEMOS. Un tercer nivel de confrontación lo da el MNR de Michiaki Nagatani, que desde su 4% de preferencia electoral quiere restarle votos al tercero, la UN, y no se sabe bien si para subir en el ranking o para que los réditos se los lleve PODEMOS, o como dice Guillermo Bedregal su candidato a vicepresidente, para apoyar con sus votos al MAS.

El cuarto espacio de la guerra sucia es alimentado, promovido e incentivado por algunos medios de comunicación que no se limitan en sus estrategias por marcar ellos la agenda política. Unas redes compiten con otras en la demostración de sus encuestas que no disimulan las pertenencias o filiaciones de sus propietarios a determinados frentes políticos. Varios programas se devanean en manejos sensacionalistas sobre los gustos, las opciones sexuales, los hobbies, las propiedades, las amistades o los amores de los candidatos. Ciertamente que algunos se han convertido también en los escasos espacios de aclaración de propuestas y cuyo resultado depende en gran medida de los politólogos y especialistas que ofician como entrevistadores. Los escasos programas en los que estuvieron frente a frente algunos candidatos no incidieron tanto en las propuestas como en sus atributos personales.

Un actor presente y ausente al mismo tiempo es la Corte Nacional Electoral. Empezó dando señales claras sobre limitaciones a la guerra sucia, y en una suerte de ejemplo paradigmático, ordenó sacar de circulación un spot en el que el MNR desacreditaba a la UN. Curiosamente, el transcurso del proceso electoral nos ha hecho testigos de materiales reñidos con toda norma en comunicación, y que no han merecido más respuesta que el silencio.

Así no PODEMOS

La estrategia de PODEMOS, centrada en la utilización de los recursos de la guerra sucia, más que ganar las elecciones pareciera estar buscando impedir –a cualquier costo- que gane el MAS. Esta estrategia, empeñada en provocar reacciones en el mismo nivel por parte de Evo Morales, se mueve en distintos campos. Por una parte, siguiendo una lógica introyectada en las mentes de las clases medias altas durante las movilizaciones sociales, se acude a la política del miedo, azuzando a los electores a no votar por Evo porque –se arguye- que por el rechazo del ingreso de Bolivia al TLC se cerrarían las fuentes de trabajo existentes y otras oportunidades, o porque –y esta es una apelación directa a una forma de lucha de las organizaciones campesinas- se bloqueará la modernidad. Diversas piezas de televisión y radio difunden este pensamiento, destacando especialmente un spot en el que un microempresario (recuérdese que el 80% del llamado empleo en Bolivia es el informal), apela a los indecisos y pobladores urbano populares a no votar por Evo y conservar sus fuentes de trabajo, naturalmente votando por PODEMOS. La pieza es atribuida a una asociación de microempresarios.

Por otra parte, y de manera directa, mediante declaraciones a los medios, conferencias de prensa, seminarios, cartas y en cuanta ocasión le es posible, Jorge Tuto Quiroga, bajo el paraguas de invitar al debate a Evo Morales, no se mide en señalar estereotipos del líder indígena desde la soberbia de quién se proclama superior y opuesto en formación, en capacidades y también en pedigrí (léase raza). Una apelación constante es la referida al origen cocalero de Morales, base sobre la cual Quiroga liga coca con narcotráfico y articula esto a posibles sanciones internacionales. Pero Evo no sería sólo narco sino también terrorista con vinculaciones internacionales y sobre este estigma Tuto lanza sus versiones sobre las políticas de seguridad, por supuesto antiterroristas. Pero no sólo narcoterrorista, sino también incapaz, atributo que destaca cuando dice que como Evo tiene limitaciones de formación para debatir con él sobre políticas globales, lo invita a debatir aunque sólo sea sobre el tema candente de los hidrocarburos. Complementariamente, un spot atribuido a organizaciones de mujeres, muestra un Evo irresponsable que los abandonó y no vela por sus hijos.

La estrategia de PODEMOS se aferra además a una posición de víctima de la violencia que estaría desatando el MAS en su contra. Diez denuncias fueron presentadas y en más de una ocasión, hostigados, sus candidatos han tenido que retirarse de los debates por la puerta trasera. Recientemente, en Caracollo, población altiplánica aymara en la que coincidieron adherentes a PODEMOS y el MAS, estos últimos lanzaron pedradas, pero los primeros respondieron con dinamita, dejando en el ambiente la duda de ¿quién atenta contra quién? Siempre desde su ubicación como víctima, la apelación a la invasión indígena en la normalidad urbana, es un recurso de campaña atado a los miedos étnicos de una sociedad que se sabe en deuda con otra.

Tuto Quiroga, siguiendo la orientación de su eslogan principal: “ahora sí, una nueva Bolivia”, maneja un recurso más, el de la soberanía, reclamándole a Evo su dependencia respecto a la política internacional de Fidel, Chávez y Lula. Particularmente Chávez es blanco de señalamientos de injerencia en asuntos internos con demagogia, respaldándose para ello en dos hechos controversiales, la afirmación de respaldo de Chávez a la reivindicación marítima boliviana al mismo tiempo que posibilitaba la elección del canciller chileno Insulza en la OEA, y la compra venezolana de soya estadounidense en desmedro de la boliviana, aunque en el discurso el comandante hace mención a la solidaridad y a la lucha bolivariana antiimperialista. Quiroga logró que un diplomático de tercer rango de la embajada venezolana reaccione, hecho que ha fortalecido su espíritu de soberanía, aunque el mismo MAS condenó la injerencia del encargado de negocios de la embajada llanera.

De manera adicional, al resaltar y convocar a la polarización –se habla incluso de un futuro bipartidista- se busca quitarle votos a los frentes que no tienen posibilidades de ganar, tanto para restarle fuerza a su evidente función dirimidora, así como para llevar votos a su propio molino. La campaña de PODEMOS parece no tener estructura fija, porque a los elementos dominantes mencionados como parte de la guerra sucia suma sin orden piezas comunicacionales sobre los aspectos centrales de su programa, en un claro sentido de apelación a la racionalidad, basando su discurso en promesas asistencialistas y de bienestar social. Estos elementos se diluyen sin embargo en el empeño porque Evo responda a las provocaciones y caiga en los hangares de la guerra sucia.

MAS o menos nomás

Pocas son las ocasiones en las que una candidatura tiene la posibilidad de un ambiente de oportunidades que relativizan incluso las fortalezas internas. El MAS ya se mostró como la primera fuerza nacional en las elecciones municipales de diciembre de 2004, por ello no debe extrañar que las percepciones ciudadanas sobre quién cree la población boliviana que ganará las elecciones, muestran a Evo Morales con el 42%; Tuto Quiroga con el 27%; Samuel Doria Medina con el 5%; los otros candidatos, sumando, con el 4%; y el restante 22% no tiene opinión definida.

En el contexto polarizado de estas elecciones, operan en la explicación de esta tendencia los siguientes factores. El cansancio popular con el modelo de ajuste que fracasó incumpliendo sus promesas redimidoras. Otro factor importante es el voto duro o militante del MAS que números más o números menos está en un 30%. Otro elemento está relacionado con la apuesta de sectores indecisos a no desperdiciar su voto sino jugar al ganador o, incluso desde su lectura, al menos malo tomando en cuenta que Tuto Quiroga expresa la continuación del sistema. El último elemento es raro, revanchista, una especie de voto castigo fundado en el rencor, con un cálculo político que afirma que la mejor manera de combatir al MAS y el despertar popular es hacerlo presidente a Evo, apostando a su rápida debacle por la augurada imposibilidad de dar respuesta a los problemas estructurales del país, provocando la ira y desencanto popular.

Sobre la base de estos elementos, la campaña de Evo Morales se podría catalogar como excesivamente confiada. Usualmente, este tipo de escenarios son propicios para trabajar elementos más racionales, pero Evo apela con prioridad al factor emotivo, como queriendo asegurar que su base ganada no se le escurra, para lo que su promesa electoral guarda fuerte coherencia con las (sobre)demandas ciudadanas expresadas en las movilizaciones sociales precedentes a las elecciones.

Una serie de piezas comunicacionales han posicionado dos elementos. Uno, el eje central de los componentes de su programa expresados como eslóganes, por ejemplo “nacionalizar los hidrocarburos”, o “analfabetismo cero”, o “la tierra para los que la trabajan”. El segundo elemento, complementario del primero, expresa en su eslogan un sentido de oportunidad histórica: “¡ahora es cuando!”.

El MAS ha optado en su campaña por desempolvar un recurso que contribuye a empoderar sociedades y proyectos, como son las concentraciones masivas. Este es el espacio de articulación entre el Evo Morales líder sindical y el político. En realidad, el espacio político es para Evo Morales el escenario de la táctica porque en él se mueven las formas de lucha de los otros, en cambio su refugio, su lugar natural, su ámbito estratégico son las concentraciones en las que habla en fluido aymara y buen quechua. Las concentraciones humanas son el espacio de demostración de fuerza y de afectividad y efectividad de las masas populares reivindicando su inclusión en una sociedad y en un sistema de medios que los excluyen. La organización molecular de los movimientos populares, que son como obras de relojería que van desde las bases hasta la cúspide, son la garantía de autoestima sobredimensionada para un MAS que cree poder lograr el 50 por ciento más uno en las elecciones presidenciales, así como un buen número de prefecturas.

Esta apuesta es equivalente a una ruleta rusa, porque mientras las encuestas realizadas fundamentalmente en poblaciones urbanas y rurales intermedias son cautas, la movilización popular que no entra en las encuestas rompe todo protocolo. Los sectores populares en Bolivia están fuertemente empoderados y han internalizado su posibilidad de ser gobierno, por primera vez, en democracia. Desde esta posición, su respuesta a las provocaciones no ha sido por la vía directa, sino más bien por la utilitaria, por ejemplo cuando desenmascara el montaje del spot de PODEMOS en el que uno de sus empleados aparece como representante microempresario; o como cuando solicita a la OEA se verifiquen las denuncias de PODEMOS; o como cuando pide a la Corte Electoral que analice los materiales de la guerra sucia.

No debe ser fácil para Evo Morales y los líderes del MAS controlarse para no responder a las provocaciones que le lanzan Tuto Quiroga, los empresarios y los medios de comunicación. Seguramente la paciencia indígena adoquinada por siglos esperando el momento del despertar, los hace resistirse aduciendo que no debatirán con quién los juzga de narcoterroristas. Evo se sabe presidente y no quiere arriesgar en ningún espacio la credibilidad que se ha ganado por oposición a un régimen inviable. Evo sabe que el debate público no le aportará réditos en su campaña, y menos en un momento en el que se ha configurado un ambiente polarizado donde cada uno entiende lo que quiere entender, y en el que las ideas centrales o ideas fuerza de los programas han sido ya vertidas. Los mismos asesores de Evo saben que es mejor tenerlo en el terreno de las movilizaciones donde se desenvuelve con soltura, y dejar el espacio de los debates mediáticos reservado a la solvencia intelectual de Alvaro García Linera, su par candidato a vicepresidente.

Los otros, UN cajón de sastre

La UN, el MNR, la NFR, el MIP y los otros frentes están quedando electoralmente al margen, aunque, dependiendo de las cantidades de parlamentarios que logren, su presencia puede ser decisiva tanto para la elección del presidente como para la conformación del gobierno, además de su incidencia en la conformación de los gobiernos prefecturales.

Las elecciones prefecturales o de gobernadores regionales ocurren históricamente por primera vez en Bolivia y con voto diferenciado en relación a las candidaturas presidenciales. Es decir, que un mismo ciudadano puede votar para un candidato de un frente político a presidente y para candidato a prefecto de otro frente político, o incluso de una agrupación ciudadana que no participa en las elecciones presidenciales. Y es previsible que este procedimiento de voto cruzado no sea la excepción, sino más bien la regla. De producirse este fenómeno, los problemas de gobernabilidad serán tenaces para una presidencia que no logre no sólo mayoría o pactos prefecturales, sino también lógicas de gobierno prefectural encuadradas en los intereses de regiones específicas que saben que la definición de políticas nacionales ya no pueden hacerse más desde un centro que impone, sino desde la articulación de las partes, las regiones.

En el parlamento se elige al presidente de entre los dos frentes más votados. Sobre esta base, mediada obviamente por acuerdos partidistas que no se detienen en la captación de votos sino que suelen incluir acuerdos gubernamentales y programáticos con distribución de cargos, el congreso tiene la posibilidad de dos rondas de votación. En el caso que en ninguna de ellas se hubiera elegido al presidente, una tercera ronda reconoce directamente al más votado por la ciudadanía. Es por este procedimiento congresal que el tercero en preferencia y los otros suelen jugar un rol dirimidor protagónico.

El empresario Samuel Doria Medina es el candidato que mayores recursos ha invertido en su campaña y el que la desarrolla mediáticamente de manera más vistosa y sistemática. En realidad, vive en campaña desde hace más de un año promocionando su imagen gerencial. Esta experiencia, en la que el eslogan de “Samuel da la cara por Bolivia”, no ha logrado colocarse en el mismo nivel de preferencia de PODEMOS y el MAS, tiene que ser tomada en cuenta por los estrategas de campañas para admitir las limitaciones de los procesos de comunicación en relación a los políticos y sociales. En este sentido, la verdadera estrategia para la UN podría estar dada no tanto en sus propias movidas, sino en los efectos boomerang para quienes protagonizan la guerra sucia.

La creatividad está en la gente

Las agendas de las campañas no se originan solamente en los frentes políticos y no circulan exclusivamente por los medios tradicionales. La sociedad civil juega también los procesos electorales a su manera, sin ataduras, sin convencionalismos, con irreverencia y con creatividad y pinta graffiti, y hace montajes fotográficos mostrando piluchos a los candidatos, se ríe de las formalidades. Compartimos dos muestras que aunque no tienen fuente ni firma, son fáciles de deducir en sus tendencias.

Ésta está referida a Evo, su ego, y la legitimidad de su liderazgo:

“El dirigente cocalero, jefe máximo del MAS, Evo Morales Ayma, hablaba ante una multitud de campesinos, cuando aparece Jesucristo bajando del cielo hasta llegar al lado de Evo a quién le dice algo al oído. Entonces Evo dirigiéndose a la multitud arenga: ¡Atiendan pues compañeros!, el camarada Jesucristo quiere decirles algo.

Jesucristo, tomando el micrófono en sus manos les dice: Compañeros, ¿es cierto que así como yo multipliqué el pan y los peces para dar de comer a todos, este hombre que es de origen humilde como yo se valió de las movilizaciones, marchas y bloqueos para que ustedes pudieran comer? La multitud responde: Sííííííííííííííííí.

“¿Es cierto que les ha brindado sabiduría y metodologías de lucha para poner a las autoridades en jaque y tumbar presidentes, como lo hice yo con mi doctrina, mis apóstoles y mis seguidores al Imperio Romano al cual doblegamos? La multitud grita: Síííííííííííííííííííí, síííííííííííííííííííí.

¿Es verdad que fue traicionado por sus senadores y filemones en el congreso cuando éstos recibieron plata por el voto de la inmunidad a los gringos, tal como yo fui traicionado por Judas? Ya incontrolable la multitud grita: Síííííííííííííííííííí, síííííííííííííííííííí, síííííííííííííííííííí.

Jesucristo también ya frenético, vistiendo una túnica roja de PODEMOS, agrega: ¡¡¡Y ENTONCES!!! ¿QUÉ ESTÁN ESPERANDO PARA CRUCIFICARLO?”

Desde los seguidores del bando contrario, el del MAS, la adaptación que sigue es difícil de entender por fuera del marco de la dualidad de interpretaciones en la política:

“PODEMOS siempre cumple lo que promete,
sólo los indecisos aseguran que
no nacionalizaremos el gas y que
no combatiremos a los corruptos.
Porque si hay algo que caracteriza a nuestra militancia es que
la justicia y la honradez son pilares para conseguir nuestros objetivos.
En cualquier debate vamos a demostrar que es de necios creer que
los corruptos y tránsfugas formarán parte de nuestro gobierno.
Prometemos ante Dios y los hombres que
la lucha contra la pobreza será nuestro lema y prioridad.
Sin embargo, aún hay mensos que piensan que
se pueda continuar gobernando
bajo los preceptos de la política del pillaje y el cuoteo político.
En cuanto lleguemos al poder, haremos un trabajo institucional para que
terminen de una vez el tráfico de influencias y las prebendas.
Trabajaremos a brazo partido para evitar que
los niños mueran de hambre.
Honraremos nuestros compromisos con nuestros militantes aunque
las arcas del Tesoro General de la Nación se hayan agotado,
nos quedaremos en el poder hasta que
comprendan todos y todas que
somos PODEMOS, el partido del cambio”.

(AHORA DEBEN LEER EL MENSAJE ANTERIOR A PARTIR DE LA ÚLTIMA FRASE, PARA IRLO CONSTRUYENDO LETRA A LETRA Y LÍNEA A LÍNEA)

Y mientras los frentes políticos se enfrascan en la guerra sucia; mientras los candidatos prefecturales están embebidos por el destino de sus regiones; mientras los medios quieren hacerse los protagonistas centrales del proceso y manejar la agenda electoral; y mientras la ciudadanía busca sus propios resquicios de participación irreverente, vale recordar que estas elecciones son apenas un cuarto intermedio en la resolución de una crisis estructural que Bolivia tiene que saber enfrentar en la Asamblea Constituyente, recuperando su capacidad ideológica de debatir, proponer y construir.

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