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Chi è l'opposizione in Venezuela?

In dicembre ci saranno le elezioni presidenziali nella Repubblica Bolivariana del Venezuela; ci si gioca molto, non solo per il processo in corso nel paese, ma anche per la strategia imperiale degli USA e per il campo popolare e socialista di tutto il mondo
27 febbraio 2006 - Marcelo Colussi
Fonte: Argenpress

Para entender el escenario

En cierta forma puede decirse que la campaña electoral ya empezó hace unos meses. Inició, para ser estrictos, con las pasadas elecciones legislativas del 4 de diciembre de 2005, donde los partidos de oposición se retiraron de la contienda electoral faltando apenas unos días para los comicios. La estrategia perseguida ahí era preparar las condiciones para acusar de ilegítimo al poder legislativo surgido en esas elecciones, lo cual permitiría hablar durante todo el 2006 -forzando los términos, obviamente- de 'dictadura de partido único'.

En Venezuela no sólo se va jugar, o se está jugando ya, la continuidad de una administración de gobierno más, de un presidente más. Se juegan ahí dos cosas mucho más fundamentales: 1) las reservas de petróleo más grandes del mundo, y 2) un nuevo modelo de socialismo -laboratorio social de la más grande importancia, por cierto- que puede ser la punta de lanza de profundos procesos de cambio en Latinoamérica, y quizá del planeta.

En Venezuela, como en todos los países de Latinoamérica y el Caribe excepto Cuba, quien verdaderamente decide los escenarios políticos es la administración estadounidense, vocera, en definitiva, de sus grandes corporaciones industriales y financieras. Pero ahora, en estos primeros años del siglo XXI, se están dando cambios importantes en esa correlación de fuerzas. La Revolución Bolivariana que encabeza Hugo Chávez es punta de lanza en esa recomposición. Fue a partir de los nuevos aires que ese movimiento trajo en el continente -rescatando las luchas populares en curso- que vuelven a retomarse banderas de nacionalismo, de antiimperialismo y de socialismo, temas que habían pasado al basurero, anatematizados e identificados con un pasado que el poder quería silenciar en forma eterna.

Ahora, con ese nuevo aire que comienza a soplar, en Venezuela así como en varios países de la región, se quiere comenzar a poner en entredicho la supremacía absoluta de la Casa Blanca. Los pueblos reclaman respeto -además de mejoras económicas y sociales-, y en las elecciones democráticas lo hacen saber. Ahí están los resultados que descuadran la estrategia de Washington: Evo Morales, René Préval, quizá Ollanta Humala, quizá el Farabundo Martí en El Salvador, o el Frente Sandinista en Nicaragua, o López Obrador en México. Quizá nuevamente Lula en Brasil. Por lo pronto, todo esto pone en entredicho el establecimiento de un tratado de libre comercio al modo en que lo querían las multinacionales estadounidenses. Si hay integración continental, no será tal y como la administración republicana de Bush lo pensó.

Lejos estamos aún de la caída del imperio estadounidense; pero sin dudas el agotamiento del capitalismo como sistema abre nuevas perspectivas. Los pasos adelante que el movimiento popular está dando en Latinoamérica así lo demuestran. No es claro por ahora que nos encaminamos hacia un mundo socialista; pero sin dudas la experiencia de Venezuela obliga a dar ese debate: ¿qué es el preconizado 'socialismo del siglo XXI' que se levanta ahí? Aunque no esté muy claro aún, el solo hecho de plantearlo ya es un gigantesco paso adelante en relación a las décadas pasadas donde el supuesto 'fin de la historia' parecía inapelable.

Pero tan importante como este panorama político nuevo que abre la Revolución Bolivariana y su carismático líder, es la cuestión energética en juego. La cultura del petróleo y del hiper consumo basado en él generada por el capitalismo, y más aún en su punto máximo de desarrollo: el imperialismo de Estados Unidos, prefiere explotar este combustible hasta acabarlo en vez de buscar fuentes alternativas racionales. Esa locura en juego no habla de la perfidia de la clase dirigente mundial, y de la estadounidense en particular, sino de la cerrazón estructural en que se mueve el sistema capitalista: en vez de desarmar una cultura autodestructiva, generadora de guerras y degradante del planeta, no puede dejar de seguir atorándose de petróleo para continuar alimentando a los grandes monopolios que lo manejan. El petróleo es la savia vital del actual modelo de desarrollo basado en la ganancia individual, y aunque se caiga el mundo, la lógica del lucro no puede ver esa cultura hiper consumista y depredadora como un problema. La cultura del petróleo, en el marco capitalista, conduce inexorablemente al desastre.

Venezuela produce petróleo; el 15 % de lo consumido en el gigante del norte viene de ahí, y tiene las reservas probadas más grandes del planeta, aún no explotadas con toda intensidad -petróleos de alta viscosidad en la franja del río Orinoco-. Ello la pone en un lugar especial, incómodo incluso: la riqueza de su subsuelo puede ser una bendición, o una maldición. Apetecida por el imperialismo estadounidense, todo indica más bien lo segundo.

La Revolución Bolivariana

El proceso que se viene dando en Venezuela, la Revolución Bolivariana, es único: con un proyecto que aúna iniciativa privada y un Estado con orientación social -el socialismo del siglo XXI, noción en construcción todavía, quizá por definirse, pero ya con resultados palpables-, la economía viene mejorando en forma acelerada. Con un crecimiento neto del 17 % en el 2004 y casi del 10 % en el 2005, el país pasa por un momento de esplendor. Toda su población -toda- se ve beneficiada por esta bonanza. Esto es un rasgo particular de la revolución en curso: la renta nacional ahora está llegando a todos, también a los sectores históricamente postergados. Ahí está la diferencia básica con los años del boom petrolero, en las décadas del 70 y del 80 del pasado siglo: los petrodólares no llegaban a la mayoría. Hoy sí.

Con las características propias de esta revolución, con su estilo y sus tiempos, hay un enorme mejoramiento constatable de las grandes mayorías: se está terminando efectivamente con el analfabetismo, de lo cual ha dado fe y felicitado la UNESCO, los mercados populares con bajos precios subsidiados por el Estado -la misión Mercal- son una importante ayuda para el presupuesto familiar (se estima que hasta un 70 % de la población hace uso de ellos, incluida la clase media, muchas veces con un discurso antibolivariano), está garantizado el acceso a sistemas de salud de alta calidad y a cero costo para toda la población -diagnóstico, tratamientos varios, medicación, etc.-, crece el movimiento de cooperativas como alternativa laboral con acceso al crédito blando y la capacitación, hay créditos hipotecarios populares, se profundiza la aplicación de la Ley de Tierras y la expropiación de terrenos ociosos al gran latifundio, avanza la autogestión obrera en fábricas recuperadas, hay una explosión de medios de comunicación populares (radios y televisoras comunitarias, periódicos alternativos), se abre cada vez más el debate sobre el tema de la discriminación de género, los pueblos indígenas son respetados y valorizados como no lo habían sido nunca antes. Y crece la participación popular; crece mucho, intensificándose los mecanismos comunitarios de toma de decisiones, de control y auditoría social, y crece también el llamado 'parlamentarismo de calle', 'salto revolucionario en relación al parlamentarismo tradicional burgués basado en la democracia representativa' según declarara el presidente de la Asamblea Nacional Nicolás Maduro.

Pero no sólo los sectores históricamente postergados se ven favorecidos; también el país como unidad se beneficia ahora: se avanza aceleradamente en la búsqueda del autoabastecimiento alimentario, hay nuevas y más profundas medidas de control de las multinacionales petroleras (como la aplicación del 1 % al 16,5 % y ahora al 30 % de regalías de los viejos contratos), se está comenzando a superar el rentismo petrolero (en el 2005, por primera vez en la historia, el petróleo aportó menos que la economía no petrolera al PBI: 49 % contra 51 %), hay fomento de la pequeña y mediana empresa. Incluso la gran empresa privada ha reconocido este alza económica, informado de un crecimiento espectacular en algunos rubros como la venta de de automóviles, el sector inmobiliario y el de electrodomésticos (la banca registró el año pasado un incremento mensual de 13 por ciento en créditos para vehículos, de 12 por ciento para viviendas y de seis por ciento en tarjetas de crédito).

Ante todo este panorama de inocultable mejora económico-social, ¿quién está en oposición a la revolución?

El panorama político

La Revolución Bolivariana es un laboratorio de experimentación. Tratando de construir el socialismo del siglo XXI, cada paso que da es un nuevo desafío que retoma experiencias vividas en los procesos socialistas del siglo pasado pero que intenta no repetir errores. Quizá como característica distintiva en el plano interno puede decirse justamente que no es confrontativa: si bien reconoce la lucha de clases, hasta ahora no ha tenido una actitud de enfrentamiento y desalojo violento del poder de las clases dominantes. Por diversos motivos, expropiaciones y fusilamientos hoy día ya no son posibles; o al menos en Venezuela no se dan, sea porque el actual escenario político internacional no lo permite, sea por una cuestión de decisión ideológica del proceso bolivariano que intenta superar el enfrentamiento violento centrándose en el juego democrático.

La 'revolución bonita', como se proclama, no busca la confrontación abierta entre clases sociales, si bien mantiene un discurso clasista. Cómo y qué se construirá en este laboratorio, está por verse; pero por lo pronto la experiencia huele más a socialismo y a poder popular que a capitalismo individualista. De eso no caben dudas. Y eso lleva, justamente, a la cuestión del panorama político en juego.

El proceso revolucionario, con el presidente Chávez a la cabeza, instaurado en 1998 a través del voto popular y ratificado ya en diez ocasiones -entre elecciones presidenciales, municipales, legislativas, asamblea constituyente y referéndum aprobatorio-, goza de amplia aceptación popular. La gran mayoría de la población venezolana se beneficia de la revolución, por tanto la defiende. La defiende con los votos, y la defendió cada uno de los momentos críticos en que la oposición la colocó: golpe de Estado en el 2002, paro patronal, paro petrolero. Todo hace pensar, además, que la seguirá defendiendo, incluso ante una presunta intervención militar estadounidense (ahí están las Reservas ya preparadas, con dos millones de ciudadanos listos para poder entrar en combate si fuera necesario).

¿Quién vota por Chávez y la revolución entonces, y quién no?

En estas diez elecciones, el Movimiento V República -MVR-, aparato político electoral amplio con ideología difusa donde cabe de todo un poco, (así como su predecesor: el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200) siempre, en todos los casos, ha obtenido mayoría absoluta, con un porcentaje que ronda el 60 %. Para los comicios venideros de diciembre todo hace pensar que la historia se repetirá; pero la diferencia es que, tras la abstención habida en las recién pasadas elecciones legislativas, el planteo político de la revolución es llegar a una cifra de 10 millones de votos (alrededor de un 70 % del electorado). Ello sería un triunfo por paliza que callaría la boca de cualquiera que intentara ver manipulación en los resultados y falta de legitimidad. Desde inicios del 2006 toda la maquinaria propagandística del movimiento bolivariano ya está funcionando a pleno para conseguir ese objetivo, y no sería improbable que lo logre, o que se acerque mucho. Lo que no se ve probable en la perspectiva actual, es que la oposición antibolivariana pueda ofrecer resistencia real en las urnas. No tiene candidato, no tiene partidos organizados, no hay proyecto político alternativo consistente.

¿Quién es la oposición entonces?

Si la revolución tiene un caudal histórico de al menos un 60 % del electorado (siendo la mitad de esa cifra el núcleo duro de militantes, los que no cambian, los 'chavistas' de 'patria o muerte'), la oposición no pasa de un 40 %; y como están las cosas, seguramente no se perfila como posible nueva mayoría. Nada hace pensar que puedan ganar limpiamente la próxima contienda electoral. La oposición podrá -es lo que ya está intentando- desestabilizar el escenario político: crear caos en la esfera política y social, obstaculizar las elecciones y la vida cotidiana en los meses venideros, generar una guerra mediática sin cuartel, desarrollar artimañas que busquen el desequilibrio tal como los recientes ánimos independentistas del Estado Zulia, etc., etc., pero nunca oponer un combate real con posibilidades de éxito para ganar en elecciones limpias al candidato Chávez y a toda su maquinaria con un pueblo movilizado.

Quienes votan contra el movimiento bolivariano son, básicamente, electores de clase media y alta, muchos de ellos añorando los años de bonanza económica petrolera de décadas pasadas donde esos sectores se hicieron mundialmente famosos por su despilfarro (la cultura clasemediera venezolana del 'déme dos', la cultura del plástico, el derroche y las Miss Universo). Votan contra la revolución porque, por razones eminentemente ideológicas, no pueden tolerar ver 'pueblo' con poder, con mejoras, 'gente de los cerros' llegando a la universidad o irreverentes ante las 'buenas familias'.

Sin dudas los procesos políticos revolucionarios desatan pasiones y terminan polarizando las sociedades; ello, quizá, es inevitable. Si se trata de lucha de clases, los momentos revolucionarios como el que ahora vive Venezuela ponen esas contradicciones al rojo vivo. Y más aún si aparece un líder con las características de Chávez, carismático, popular, respecto del cual nadie puede quedar al margen: o se lo ama o se lo odia, pero jamás puede resultar indiferente.

Lo curioso es que esa clase media y media alta (comerciantes, profesionales liberales, técnicos bien pagados de la empresa privada) también se ve beneficiada por los logros de la revolución; como lo dijimos más arriba, el boom de ventas de vehículos, electrodomésticos y bienes inmuebles toca fundamentalmente a esos sectores. ¿Por qué adversan la revolución entonces? ¿Por qué son casi visceralmente antichavistas? Lo dicho: por razones ideológico-culturales ante todo. Vencer los prejuicios individualistas de clase media y alta, antisolidarios y de ghetto privilegiado es cuesta arriba; por eso ahí se encuentra el grueso de la oposición, aunque esa clase media también pueda comprar a mejor precio en el Mercal.

¿Y la oligarquía? Se podría decir, en principio, que es naturalmente antichavista, que no puede apoyar una revolución presentada -con todo lo confuso que ello es- con el maquiavélico epíteto de 'castro-comunista'. De todos modos ya van varias señales que da el alto empresariado que hace pensar en que más allá de rechazos históricos (un 'rubiecito sifrino', un 'catire' del Country no puede ni quiere compartir de igual a igual con un 'negro', con un 'tierrúo' de los cerros), en alguna medida pueda alinearse con el proceso bolivariano. ¿Economía mixta? ¿Capitalismo con rostro social? La alta oligarquía no es revolucionaria, obviamente; revolución puede ser sinónimo de expropiación. Pero en este esquema de sistema mixto puede llegar a ser bolivariana. O dicho en otros términos: puede llegar a acompañar el proceso en tanto se le garantice su existencia como clase. Ello, de todos modos, está por verse. ¿Hasta qué punto los grandes, enormes grupos económicos venezolanos -de proyección transnacional incluso- sabotearán o se alinearán la revolución? Lo iremos viendo en el transcurso de los próximos meses. La metodología de búsqueda de consensos entre oligarquía terrateniente y campesinos sin tierra con el Estado como mediador puede ser la matriz a futuro: la vía de la negociación -con Chávez como garante final- quizá es el modelo que se imponga. Ante ello, en principio al menos, la oligarquía que no se vea expropiada no será entonces furiosamente antichavista.

Lo que es evidente es que hay un discurso antirrevolucionario, visceralmente antipopular, en algunos actores claves como son los medios de comunicación comerciales (prensa escrita, radio y televisión). Negando de hecho, con su sola presencia, que el proceso en juego sea dictatorial e imponga censuras -la libertad de expresión es absoluta, quizá en pocos países pueda encontrarse en estos niveles- estos medios inyectan altas dosis de veneno día a día. Intoxican el ámbito ideológico-cultural con una interminable prédica antirrevolucionaria; atizan el miedo de la clase media a las expropiaciones de la vivienda propia, del televisor o de la nevera; abusan hasta el hartazgo con el tema de la violencia imperante presentando el país como una campo de batalla entre ciudadanía y hampa -cosa, por lo demás, maliciosamente manipulada: los índices delictivos de Venezuela son bajos para los estándares internacionales de inseguridad ciudadana-, falsean la realidad con noticias tendenciosas siempre en la lógica de mostrar que todos los problemas actuales del país son productos del 'desgobierno' bolivariano -desde la 'violencia desbocada' hasta el puente que se cayó, desde un hoyo en una carretera hasta la pobreza histórica que se hereda de la colonia-.

Estos medios son realmente los nuevos partidos políticos de la oposición. Por su intermedio se moldea la ideología antibolivariana de un modo bastante irracional, primitivo, azuzando mitos desgastados ('los comunistas se comen a los niños y mandan a los padres a campos de trabajo forzado' y pequeñeces por el estilo), impidiendo el debate ideológico-cultural y llenando las cabezas de puras frases vacías de contenido y saturadas de ponzoña antipopular. Como sabemos, los medios de comunicación dejaron de ser el cuarto poder: son el primero. Ponen la agenda político-ideológico-cultural de los países, crean matrices de opinión, evitan pensar. 'Lo que la gente dice es lo que dice la televisión'.

Los sectores medios y medio-altos de Venezuela, nostálgicos de sus años de bonanza petrolera del 'déme dos' de décadas pasadas, ven en el proceso en curso una monstruosa amenaza a su integridad; y la prédica constante de estos medios la refuerza a niveles demenciales. Y ahí está la verdadera oposición a la revolución: esa conciencia falsa de terror al 'castro-comunismo'.

Pero podemos ir más allá todavía. Esa masa de población -entre un 30 y 40 % del electorado que ha votado contra Chávez, y probablemente siga haciéndolo- a todas luces es manipulada. ¿Quién manipula? Los medios de comunicación, que son parte de los grandes grupos económicos. Pero como dijimos, está por verse qué papel jugarán finalmente esos grupos en la revolución. ¿Marchamos hacia un sistema de economía mixto donde la iniciativa privada mantiene su cuota de poder y sigue con sus negocios? ¿Terminarán esos grupos cooptando la revolución? ¿Se les expropiará? ¿Convivirán ambas iniciativas?

Está claro que la clase media es antichavista, y eso es lo que se levanta como caudal político de la oposición (un 40 % del electorado no es poco). Aunque se beneficie también de la revolución, por razones históricas y porque son víctimas de esa manipulación, estos sectores medios se oponen al proceso.

Pero entonces, en definitiva, ¿quién escribe el guión de la oposición política? ¿Quiénes son los grupos que actúan como operadores políticos en este escenario, los que calientan las cabezas de la clase media, los que utilizan su movilización antirrevolucionaria? Una vez más: la hegemonía estadounidense.

La verdadera oposición a la Revolución Bolivariana, la que la ataca y no ve la hora de destruirla, es la clase dirigente de Estados Unidos -por medio de su administración, en este caso los fundamentalistas republicanos-.

Si alguien se va a movilizar contra Chávez y el movimiento bolivariano en este período preelectoral va a ser Washington. La pobre clase media venezolana sólo repetirá un guión que no escribió, que no conoce y que no sabe por qué tiene que seguir, y que mira por televisión. Por tanto, como tarea revolucionaria de la más alta importancia, el objetivo inmediato es saber contra qué y quién se pelea; es decir: saber dónde está el enemigo.

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