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    Verso la seconda decolonizzazione dell' America Latina

    16 maggio 2006 - Augusto Zamora R. (professore di Diritto Internazioanle , Università Madrid)
    Fonte: Attac

    El 9 de diciembre de 1824, en el sitio de Ayacucho, un ejército combinado
    de soldados neogranadinos, argentinos y peruanos, al mando del
    venezolano José de Sucre, derrotaba al ejército realista dirigido por
    José de Canterac y capturaba al virrey del Perú, José de la Serna,
    varias veces herido en la batalla. En Ayacucho terminaban tres siglos de
    dominación española y se ponía fin a quince años de guerras de
    independencia. Tras conocer la victoria, Bolívar proclamó la libertad de
    las colonias españolas. La euforia fue general entre los
    independentistas. Se habló de un futuro glorioso para los Estados que
    emergían del primer proceso de descolonización de la era moderna. Fue
    una ficción.

    No se habían enfriado los fusiles cuando los nuevos países se sumergían,
    uno tras otro, en guerras civiles y anarquía. Las oligarquías
    triunfantes, suma de realistas e independentistas, se aplicaron a fondo
    para conservar poder y privilegios, enterrando los sueños de libertad e
    igualdad. La suerte de los libertadores no fue distinta de la de sus
    países. Bolívar escapó milagrosamente de un intento de asesinato y murió
    repudiado, abatido y menesteroso mientras bajaba el río Magdalena,
    buscando volver a su hacienda caraqueña. Sucre fue asesinado en una
    emboscada y San Martín, tras ser traicionado por sus paisanos
    bonaerenses, murió anciano, autoexiliado y olvidado en Francia.

    No hubo victoria de los pueblos, sino de las oligarquías. Los grandes
    derrotados no fueron los españoles, sino los indígenas. Desaparecido el
    poder colonial, los nuevos gobernantes, invocando el espíritu del
    liberalismo y la libre empresa, suprimieron los derechos que la Corona
    española les reconocía, se apoderaron de sus tierras y bienes,
    suprimieron sus leyes, les excluyeron de las sociedades y les
    convirtieron en siervos. En Europa se acostumbraron a ver únicamente el
    rostro blanco de las oligarquías, como el de la familia latinoamericana
    que, en 1867, llegó a Francia con 18 furgones de equipaje, según
    consignó la Guide de Paris y recoge Eric Hobsbawn en La Era del Capital.

    A Inglaterra correspondió la parte de león. Los agentes británicos se
    movieron ágiles con las élites gobernantes para lograr la firma de
    tratados de libre cambio, que mataron de raíz cualquier sueño
    industrializador. Más preocupadas en preservar sus prebendas de clase,
    las oligarquías convirtieron a los nuevos Estados en neocolonias del
    imperio británico. Hubo independencia formal, no real. Uno tras otro,
    los países vieron cómo sus economías eran conformadas para satisfacer el
    mercado británico, el comercio quedaba en manos de la marina y los
    empresarios británicos y los recursos naturales pasaban también a manos
    británicas. El cobre chileno, el petróleo venezolano y el estaño
    boliviano enriquecieron a unas minorías y a empresas extranjeras. Cuando
    emergió EEUU como gran potencia continental, sólo hubo un cambio de amo.

    La última década ha visto un resurgir inesperado y avasallador de los
    excluidos de las sociedades latinoamericanas. La victoria electoral de
    Chávez en Venezuela y de Morales en Bolivia ha mostrado el rostro
    mestizo e indígena de la región. En Europa han reaccionado con
    perplejidad y una mal disimulada carga de racismo, sobre todo porque los
    gobiernos de izquierda, de Buenos Aires a Caracas, han modificado los
    términos de intercambio con las antiguas potencias colonialistas.
    Acostumbradas a gobiernos complacientes, que entregaban gustosos los
    recursos y riquezas del país a empresas extranjeras, reaccionan con
    irritación ante la recuperación de esas riquezas y recursos por sus
    legítimos dueños. El fondo colonialista de estas actitudes se hizo
    patente en el lamento de la Comisión Europea porque el gobierno
    boliviano no les consultara previamente la nacionalización de los
    hidrocarburos, como si el presidente de Bolivia estuviera obligado a
    someter sus decisiones a la opinión europea.

    No hay novedad alguna en esas reacciones. Inglaterra y otras potencias
    europeas imponían tratados de libre cambio a punta de cañonazos, al
    tiempo que protegían sus mercados internos de la competencia extranjera.
    Bush impidió que la petrolera china CNOOC comprara la estadounidense
    Unocal, el gobierno español se opone a que E.ON compre Endesa, Francia
    ha "blindado" por ley once sectores que considera "estratégicos" y la UE
    rechaza que la hindú-británica Mittal Steel compre Arcelor. Pero Bolivia
    no puede, sin recibir amenazas y condenas, nacionalizar su petróleo y su
    gas.

    Latinoamérica vive una senda que apunta a un segundo proceso
    descolonizador. Esa descolonización pasa, necesariamente, por aplicar
    los principios recogidos en la resolución 1803 de Naciones Unidas,
    aprobada en 1962, que reconoce que "El derecho de los pueblos y de las
    naciones a la soberanía permanente sobre sus riquezas y recursos
    naturales debe ejercerse en interés del desarrollo nacional y del
    bienestar del pueblo del respectivo Estado". El nuevo proceso
    descolonizador tiene escasas y malas alternativas. Los países deben
    escoger entre preservar los beneficios para los pueblos o dejar que
    viajen al exterior, para enriquecer más a los más ricos. Entre sentar
    las bases de su desarrollo o continuar sumidos en la dependencia, el
    atraso y la pobreza.

    La segunda descolonización de América Latina no tiene por qué producir
    conflictos. Bastaría con que se acepten términos equitativos de
    intercambio, en los que la parte mayor de beneficios sea para los dueños
    del recurso, como debe ser, y no para las empresas extranjeras, como ha
    ocurrido hasta ahora. Plantear otra cosa es hacer apología del
    neocolonialismo y en Latinoamérica no está el horno para esos bollos.

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